El color del dinero
Creo que la escasa resonancia que tiene El color del dinero entre los cinéfilos se debe a dos motivos. En primer lugar, a que debe cargar la losa de...

Aquella noche todo encajó. Los planos parecían tapices, lienzos en movimiento. El viento, el sol, la brisa retratada allí casi que formaban parte de la sala haciéndome creer que podía llegar a tocarlos. E incluso los monólogos de los protagonistas parecían brotar de mi conciencia. De hecho, pensé que podría haberlos escrito o dictado yo. Y que revelaban de una forma desconocida, ciertos sentimientos internos de mi psique que me costaba mucho transmitir y revelar y únicamente podía experimentar en el continente americano junto a aquellas mujeres que se comunicaban con el corazón y no la razón y que hablaban a través de sus ojos y cuerpo y no por las palabras.
Pero es que además, los actores de esta especie de sinfonía barroca parecían reales. Tanto es así que todavía pienso que si James Gandolfini nació para interpretar a Tony Soprano, Q’orianka lo hizo para dar vida a Pocahontas. Y sin llegar a ese extremo, no le recuerdo tampoco una interpretación mejor a un Collin Farrell magnífico y creíble. Capaz de mostrarse sensible y rudo al mismo tiempo. Dejando traslucir su alma enamorada sin por ello perder su rasgo de hombre aventurero, fascinado por el nuevo paisaje. Christian Bale en su papel de marido fiel y leal de Pocahontas estaba igualmente convicente. Y de Christian Plummer poco había que decir sino que lo bordaba como es habitual en él, terminando por dotar de rigurosidad y credibilidad a un film que más verse, se bebía. Era puro líquido. Un manjar destinado a unos elegidos que entiendo que puede ser revisitado una y otra vez sin perder gran parte de su emotividad, la cual no radica en lo que vemos sino en cómo Malick nos lo muestra: buscando la alusión, el rasgo cómplice y sutil, retratando el horizonte, ese nuevo mundo como un más allá que acaso todavía no ha sido comprendido del todo.
En fin. ¿Algo más? Sí. Que como todos los films de Malick existe una versión reducida y otra extensa. Y que es muy recomendable hacerse con esta última que dura tres horas y responde mucho mejor a los deseos creativos de su hacedor. Yo la conseguí en un drugstore de Norteamérica, la he visto hasta tres veces y la he disfrutado por supuesto mucho. Algo inevitable pues aunque únicamente fuera por sus primeros 10 minutos, ese engarce impresionante de imágenes históricas y poéticas que nos llevan a otra realidad, esta obra merecería ser tenida en un lugar aparte. Al menos, ya lo he dicho repetidas veces, así se encuentra en mi corazón. En un rincón destinado únicamente a muy pocos momentos y personas elegidas: aquellos que supieron extraer belleza y amor de los momentos más comprometidos y duros. Shalam
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