Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión a Scarface que, por su extensión, dividiré en dos partes. Hoy publico la primera y, si todo va bien, el miércoles, la segunda.

Scarface (1)
¿Queda a estas alturas por decir algo sobre Scarface, el filme de Brian De Palma? Scarface no es solo una película: es una raya infinita de cocaína esnifada por una ciudad entera, el exceso absoluto convertido en tragedia shakesperiana. Es una película de gánsteres sin redención, un polvo interminable en la suite de un motel de lujo, pornografía emocional y chulería capitalista. Una cinta de vídeo a punto de estallar.
Scarface es tan excesiva que, casi por azar objetivo, acabó superando a su propio mito. Naufragó en taquilla cuando todos esperaban su éxito, y triunfó cuando ya la creían desahuciada: como Tony Montana, el filme cayó al infierno (las críticas fueron demoledoras) y resucitó como icono de raperos y cinéfilos sin complejos, como Quentin Tarantino. Alguien que memorizó los diálogos de la película y los interiorizó de tal forma que no me extrañaría que se hubieran filtrado en muchas de sus propias obras. De hecho, los constantes fucks que, a lo largo de toda la cinta, suelta Toni Montana resuenan, de una u otra manera, en muchas de las pelis del director de Reservoir Dogs. Éxitos totales en cines, aunque tal vez aún más proclives a ser vistos en cintas de vídeo que en la gran pantalla.
Realmente, Scarface es un filme tarantinesco porque es tan divertido como violento. Es tanto la caricatura de una época demencial, en la que todo era posible, como su reverso lúcido y real. Scarface es una obra tan intensa que, por momentos, no parece ser obra de un autor sino de toda una época. De hecho, su ritmo interno, los exteriores e incluso su atmósfera, todo en ella, remite antes a los ochenta que incluso al cine de De Palma. Scarface parece una creación colectiva de una década, los ochenta. La película está llena de artificio pero eso es precisamente lo que la hace auténtica. Scarface no seduce al cerebro. Es como un puñetazo. Golpea los sentidos del espectador a base de furia y orgullo chulesco.

Scarface es un filme divertido porque es violento, y es violento porque es trágico y, a la vez, divertido. Supongo que suena a sacrilegio unir en la misma frase a Shakespeare, la saga Rocky, Hitchcock, las películas de gangsters y los telefilmes de sobremesa, pero es que Scarface absorbe todo eso: es tragedia barata filmada con nervio de serie negra. Una película capaz de mezclar el arte del suspense con el desenfado del cine exploit ochentero que encajaría tanto en un festival de cine de autor como en otro donde se homenajease a Corrupción en Miami. Algo que, por supuesto, entiendo como elogio, no como reproche. Más aún, me atrevería a decir que Scarface no es tanto consecuencia de la cultura de la MTV sino una ventana a su presente de aquellos tiempos y un anticipo de su espectacular futuro.
Scarface es, en suma, más grande que la vida. Es una película con tanta adrenalina y exceso que muchas veces el espectador no sabe si reír, temer o aplaudir. Es una obra que no se ve, se esnifa. Es de esas películas que nunca parecen viejas porque su energía interior y efervescencia las conecta con la actualidad. No parece haber sido rodada hace cuatro décadas sino ayer, hoy. Tony Montana siempre nos interpela directamente. No parece la sombra de un pasado sino un personaje vivo que siempre está presente.
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Scarface es una obra posmoderna. Está llena de clichés, citas pop (quizás incluso memes) y dobles lecturas. Es un videoclip sobre la vida de un gangster y, al mismo tiempo, una ópera cinematográfica total. Por un lado, describe la vida de un exiliado imposible de redimirse, por otra es una feroz crítica al narcisismo de una sociedad. A veces parece un elogio de la vida capitalista y otras una sátira tan feroz de la misma que no es difícil imaginarse a un comunista poniéndosela a sus hijos a mediados de los 80 (algo lógicamente improbable) para que valorasen más el sistema en el que vivían.
La película arranca fuerte desde el principio y no pone el freno hasta su espectacular final en el que Tony Montana, casi como un Rambo cubano, se mantiene en pie disparando con su ametralladora a pesar de que su cuerpo se ha convertido en un queso de gruyere por las balas recibidas. En el filme hay muy pocos bajones. Incluso cuando De Palma parece ralentizar el ritmo narrativo y juega la carta de cine de qualité como es el caso de las escenas en las que Tony Montana viaja junto a Omar (su superior) a Cochabamba, Bolivia, para cerrar un negocio con Sosa, un narcotraficante de postín, aparece la espectacularidad y la tragedia. Basta recordar el momento en el que Omar es colgado de una soga desde un helicóptero. Una escena que, por cierto, se grabó en días distintos pues en las primeras tomas habían olvidado atar las manos del extra que la protagonizaba.
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¿Que resaltaría de Scarface? ¿Pero hay algo que no sea resaltable? Los trajes merecerían, por ejemplo, un avería entero. ¿Qué digo un avería? Una tesis. Los trajes, la decoración de las discotecas y de las casas, los despachos donde se cierran los negocios dicen más sobre el espíritu de la época que cualquier libro de sociología al uso. El mismísimo Roland Barthes colapsaría ante las obviedades kitsch de un vestuario tan sencillo y previsible que termina por resultar sofisticado; tan poco elegante que termina por conquistar como lo hacen las bailarinas de striptease en un local: de golpe, casi por inercia, sin entender por qué.
Lo curioso de Scarface es que, aunque todo es ochentero en la película, lo es de un modo peculiar. La estética y el vestuario pertenecen a una especie de submundo. El de la droga y el de los millonarios. Remite un poco a Miami, a Las Vegas y al que se lucía en las discotecas de L.A y Nueva York. No es un look extrapolable a toda la sociedad pero sí que define perfectamente a esa sociedad por más que el protagonista sea un cubano que lógicamente gusta de vestir al modo tropical y combina trajes llamativos y horteras, también algunos solemnes, con absoluta naturalidad.
Scarface nos recuerda, de otro modo a lo que hacían algunas películas del cine kinki español, que el brillo hortera se encuentra muy cerca a la verdad brutal.
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Lo mismo que acabo de decir sobre los trajes, lo puedo afirmar acerca de la música de Scarface. Los temas son puro ochenta pero ni tan siquiera el clásico «Push it to the limit» de Paul Engemann termina de encajar o ser totalmente asimilable con lo que eran los hits de aquella época. Si lo hace, de hecho, es tal vez porque lo hemos escuchado tantas veces en los últimos años que ya no entendemos los 80 sin él, como no son concebibles sin la banda sonora de Fama o El coche fantástico. Lo que no significa que todas ellas sonaran a todas horas en las radios norteamericanas. Eran, de hecho, más símbolos y emblemas que hits comerciales pinchados en todas partes.
Los temas discotequeros de Scarface son, en cierto sentido, un remedo kitsch de los singles que hacían furor en su momento. Son puro artificio, casi una copia perfecta, pero eso mismo no los hace más falsos, sino tal vez más auténticos, porque, siendo artificiosos, apuntan mejor al vacío de toda una época. Esa es la grandeza de una banda sonora que, por supuesto, tiene un maestro de ceremonias inmenso, descomunal: Giorgio Moroder. Precisamente, alguien con un talento incomparable, que cultivaba un sonido personalísimo, sumamente original, que retrataba y condensaba perfectamente las producciones musicales de una época tan acaramelada y dulce como despiadada y vacilona.
Moroder era capaz de emocionar siendo obvio. De hecho, cuanto más obvias eran sus melodías más sutiles y vibrantes eran. Esa maravillosa paradoja de la música de Moroder puede aplicarse perfectamente a Scarface. Sirve para explicar por qué muchos críticos no terminaron de comprender el filme ni accedieron a los códigos y coordenadas que planteaba.
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Scarface es una batidora llena de todo tipo de ingredientes. Tiene incluso ciertas escenas de humor. La más recordada, por ejemplo, es aquella en la que Tony observa a su socio, Manny Ray, sacándole la lengua a una rubia de bote norteamericana en una piscina y esta lo abofetea. Un momento que tal vez no desentonaría en una película del destape española o en Torrente, que deja claro que la película jugaba varias cartas: mezclaba géneros con absoluto desenfado, ligereza y crueldad, como si fuera un remedo de la televisión y los telediarios. No se conformaba solo con ser una tragedia. Quería contenerlo todo, si es posible el mundo, en su interior. Ser tan ridícula y tragicómica como la vida.
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Antes dije que Scarface me recordaba a Rocky. Lo dije porque Pacino aquí es casi tan propietario de la criatura como Stallone de la suya. Su fuerza y energía se perciben en todo momento. El proyecto, de hecho, nació cuando Pacino contempló el clásico de Howard Hawks (1932) protagonizado por Paul Muni en el Tiffany Theater mientras se encontraba en Los Ángeles. Más tarde, su mánager, el productor Martin Bregman, apoyó la idea.
En realidad, el primer director previsto para el remake era Sidney Lumet, quien no cabe duda de que lo habría hecho muy bien pero, por supuesto no le habría dado el toque kitsch que imprimió De Palma. Seguramente, Lumet habría convertido Scarface en puro realismo sucio. Cine duro, viscoso, carnal y escéptico. Pero no tendría el toque posmoderno y pop de la versión definitiva. Ese toque lúdico y excesivo de un De Palma convertido a la misma fe que un Pacino que se preparó especialmente para el papel. Intentó imitar el acento cubano, trabajó con un entrenador para aparecer en pantalla con el físico adecuado y se tomó Scarface casi como una venganza personal.
En principio, cuando vieron sus primeras tomas como Michael Corleone, los productores de El padrino lo percibieron como un actor blando. Pacino, por supuesto, logró hacer cambiar totalmente esa opinión tras su magistral interpretación en aquella escena en la que Michael comete su primer asesinato en un restaurante. En Scarface, de entrada, no tenía que interpretar con sutileza a un joven muchacho alejado de la Mafia. No. Desde la primera escena, Scarface le permitía ser todo lo excesivo y cruento que deseaba. Llevar al máximo su visión de la violencia. Tanto que no es extraño que, por momentos, sobreactuara y casi que pareciera incluso estar realizando una parodia de un gangster más que interpretándolo. Algo que en otra película sería un defecto pero en esta en concreto un acierto.

El esfuerzo para sacar adelante Scarface fue inmenso. Y por eso (y por su temática) tal vez nadie en el rodaje dudó de caer en el exceso. Esa es la gran trampa y maravilla de la película. De Palma quería realizar un cómic, Pacino una interpretación bigger than life. Una interpretación de Oscar. Lumet tal vez le habría dado indicaciones para ser más sutil y contenido. De Palma le animó a romper la pantalla, a ser tan artificial que fuera por momentos casi un cliché. ¿Y quién lo iba a decir? Ese cliché era tan brutal, tan radical que al final se convirtió en un personaje vivo y al mismo tiempo inmortal. Alguien salvaje y brutal y mítico. Demasiado falso y exagerado como para no creérnoslo. Shalam
من يقيد نفسه بالفرح، يدمر حياة حرة.
El que se encadena a una alegría, destruye una vida libre




1imagen…gansters en 1983….
2imagen…violento yo….pues toma…violencia al canto….
3imagen…cuando tenga todo lo que quiero tener me retirare al poster de detras…
4imagen…esto me gusta esto me lo quedo….
5imagen…eres mi mejor hombre, eres mi numero 1….
6imagen…dos cubanos en apuros…a quien me cargo ahora bro…
7imagen…vaya fangal de coca….guiame her direktor….
8imagen…vale, vale, ok, entendido (estoy muy colguetas), lo sabre hacer bien….el mundo es tuyo…..
PD…j.j.cale…cocaine…1976…ay,ay,ay,..troubadour,,,
https://www.youtube.com/watch?v=wNUJSuO-lgw&list=RDwNUJSuO-lgw&start_radio=1
1) Un chulo putas de discoteca..jjja 2) Actor’s Studio. Para esto no nos preparan en los estudios. 3) No me jodáis cabrones. Esto no es Cuba sino Miami y parece peor. 4) La bella y el cubano. El dinero ante todo. El sexo también es un negocio. 5) Los putos amos del mundo. El mundo es nuestro. Pero sólo puede ser para uno. Lo sabes, ¿no? 6) No sé si hubiera sido mejor quedarnos en Cuba. En cualquiera de los dos países sin las armas no somos nadie. 7) Estoy en trance y no sé lo que hacer. 8) Vivimos en un mundo enfermo y o lo mostramos a lo grande o no lo mostramos. PD: jajaj.. tema ideal para la película y el fondo de toda una época. Tan simple y al mismo tiempo lírica y melancólica.