Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En cierto sentido, El color del dinero es mucho más fiel a la idea original de la novela de Tevis que El buscavidas. El filme de Rossen era una insolación de soledad. Una obra metafísica sobre el fracaso; la expulsión del paraíso en un reino de asfalto. Una bebida amarga en la que apenas existía alivio en medio de la que aparecían escenas que lo mismo podían encontrarse en un drama de de Ingmar Bergman que en uno de John Huston. Y por contra, El color del dinero era una fábula sobre la libertad individual en el capitalismo. La construcción de hombres de acero y espíritus fuertes en medio de ciudades llenos de peligros, sexo y engaño que retrataba el espíritu evanescente del sueño americano.
En cualquier caso, el resultado es muy aleccionador porque El color del dinero está llena de ritmo, de punch, pero también posee escozor y dolor. Básicamente, debido a que aunque las presiones económicas obligaron a Scorsese a bajar un poco el pistón e intentar amoldar la historia al gran público, el director italoamericano siempre se guardó una carta y, afortunadamente, la sostuvo con tanta fortaleza como para evitarnos un desenlace centrado en la lucha por conquistar el título final. Puesto que, al fin y al cabo, siempre tuvo claro que la obra debía centrarse en la progresiva liberación y emancipación del alma de Eddie Felson. Su regreso y encuentro consigo mismo como jugador de billar; como ser humano.
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