Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago, realizado el pasado verano. En esta ocasión, me ocuparé del día 36. ¡Ahí voy!
Un Camino. Día 36
Miércoles, 20 de agosto
Este miércoles me tomo mi tiempo para levantarme. He convertido en costumbre salir el último de los albergues. Quizá sea un pequeño gesto de resistencia frente a la dinámica que se impuso en los años recientes de apogeo del Camino: los peregrinos se levantan muy temprano para asegurarse sitio en los albergues, lo que en ocasiones convierte ciertos tramos de la ruta en una competición encubierta. Este año, sin embargo, debido a los incendios y al calor de agosto, esa prisa ha desaparecido, pero aunque la hubiera, yo seguiría saliendo de los últimos. El ritmo del Camino, pienso, es personal e íntimo, no social.
El día de descanso en Cardeñuela me ha sentado estupendamente. Ahora sí, mi pie izquierdo responde perfectamente. Camino raudo y alegre y, a lo lejos, los grupos de italianos se pierden en el horizonte. La presencia de tantos peregrinos transalpinos me lleva por inercia a escuchar a Franco Battiato. Un genio incombustible cuyas canciones llenas de misticismo, epicureísmo mediterráneo y languidez sufí no sé bien por qué no había escuchado hasta ahora. Pocas canciones resultan más apropiadas para esta peregrinación que Nómadas, Sentimiento Nuevo o Perspectiva Nevski. Al fin y al cabo, las composiciones del siciliano eran bálsamos espirituales: una especie de travesía musical llena de misterio, trascendencia y también de cotidianeidad; odas que no sólo nos invitaban a viajes exteriores. También se recorrían hacia dentro.
Muy pronto, estas melodías logran que la repetición del paso, la soledad y el polvo se conviertan en plegaria rítmica, en trance compartido. Siento que mi alma adquiere mayor flexibilidad. Se amplía más al oírlas, pues son, ante todo, reflejo de estados mentales y espirituales. No me extraña: el propio Battiato era, en cierto modo, un peregrino solitario que, más que una estrella, parecía un amigo o un viejo profesor compartiendo sus dudas, visiones profundas y sabiduría con sus oyentes. No era alguien que se situara por encima del público; más bien parecía caminar al lado de quienes lo admiraban. De hecho, de no haber muerto, no me sorprendería verlo por cualquiera de los senderos de la ruta jacobea. Los paisajes castellanos encajan con la personalidad del compositor y con esas melodías en las que refulgen desiertos interiores, huecos existenciales, misterios cotidianos y pequeños instantes de belleza.

Hoy, por cierto, es día de gala. Llegaré a Burgos, la mítica ciudad. Palabras mayores. Ante un símbolo de este tipo, cualquier otro monumento de interés cultural con el que pueda cruzarme palidece. Así que camino con la vista puesta en el horizonte lejano y la mente en las noctámbulas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer.
De esos devaneos me saca pronto un mensaje que recibo en WhatsApp. Es de Perico, el amigo que me había enviado días atrás el tema Alejandro el peregrino. En esta ocasión, me hace llegar otra canción dedicada a mi peregrinación. Simplemente me pide que no la escuche hasta llegar a la Catedral de Burgos. Promesa que, por supuesto, cumpliré.
No hay día en el Camino que no me dé una alegría o que no presente una dificultad. En este caso, ocurre lo siguiente. Tal vez por encontrarme absorto en mis pensamientos, no seguí bien las indicaciones que amablemente me dieron en Tosantos para entrar en Burgos a través de un camino forestal: la variante de Santovenia.
A decir verdad, la entrada a Burgos por el camino oficial resulta realmente estresante. El peregrino se da de bruces con el polígono industrial de Villafría. Una carretera nacional sin interés alguno, llena de naves, contaminación y tráfico. Algunos aseguran que recorrer este desagradable tramo es una prueba necesaria antes de disfrutar de la ciudad castellana, pero no me extraña que cada vez más peregrinos opten por otras vías. La ruta tradicional —que supongo debió ser realmente bella en la época medieval— se ha vuelto hoy hostil: asfalto, ruido, coches, fábricas, camiones… Francamente, me resulta insoportable.

Así que, en un momento dado, no aguanto más el aroma a gasolina y decido volver medio kilómetro atrás. Me desvío hacia la izquierda e intento, casi a ciegas, encontrar el paseo fluvial del río Arlanzón.
Este giro me obliga a cruzar entre frías fábricas, intentar orientarme entre carreteras secundarias y sin salida y perderme momentáneamente por senderos inciertos. Hay momentos desagradables -como uno en el que debo saltar varios guardarraíles y atravesar un barranco, siguiendo tramos angostos llenos de barro y desperdicios arrojados por los conductores y viandantes- pero estoy empeñado en que mi Camino sea memorable y, a pesar de estos inconvenientes, persisto. Cuando, por fin, encuentro el verde del bosque, vuelvo a respirar relajado y a escuchar a Battiato.

Desde ese momento, el camino hacia Burgos se convierte en una frondosa novela. Un frugal paseo lleno de romanticismo y vitalidad, que me devuelve la confianza. Escasos kilómetros después, cruzo el puente del Cid, plagado de hermosas esculturas medievales que anuncian que nos encontramos en una ciudad clave de la cristiandad.
Todas estas impresiones las refuerza la Catedral. Un edificio que aturde y sobrecoge, ante el que no queda más que realizar gestos de arrobamiento y asombro. ¿Es real? ¿Estoy en un cuento? La catedral no impone, se impone. Es más majestuosa que un castillo y digna de coronar los cielos. No parece haber sido realizada por hombres, sino por los mismos dioses.
Es lógicamente el momento de escuchar la canción que me envió Perico. Su título es Alejandro el peregrino llega a Burgos. Me siento en un banco y le doy al play.
La primera impresión es buena, claro que sí, (de hecho, casi me emociono) aunque, obviamente, no experimento las mismas vibraciones que cuando escuché Alejandro el peregrino. Un tema que se ha convertido en un hit y que todo el mundo celebra cuando se lo pongo. No obstante, no puedo más que agradecer de nuevo a Perico este regalo. El Camino continúa siendo mágico.

En fin. Llegó el momento de adentrarme en la Catedral. Un gótico navío anclado en el corazón de Castilla, como si fuera un tiburón religioso, con torres parecidas a intensos colmillos mordiendo el corazón de Dios. A los pocos minutos de pasear por sus salas, me siento abrumado. ¿Cómo no hacerlo? Cada columna rebosa luminosidad, casi eternidad, y lo hace con tanta intensidad que no me extrañaría que centenares de personas hayan sentido la vocación religiosa al contemplarlas.
Por otra parte, las numerosas capillas son exuberantes. Rebosan historia y curiosamente, también vitalidad. Cuando uno se detiene frente al sepulcro del Cid Campeador, la capilla de doña Jimena, la de Santiago, la de los Condestables de Castilla o la Escalera Dorada de Diego de Siloé, siente que todos aquellos símbolos evanescentes de la historia están vivos. Mucho más vivos que gran parte de las sombras de mis contemporáneos.
Aunque el espectáculo que contemplo es soberbio, tampoco me gustaría idealizarlo en exceso. Resulta sano leer opiniones contrapuestas a la mía. En El desvío a Santiago, Cees Nooteboom, por ejemplo, describía su visita a la catedral de Burgos con una mezcla de asombro y desasosiego. Se sentía abrumado por la oscuridad, el bullicio de las multitudes y el brillo excesivo del oro, percibiendo el templo más como una caverna barroca saturada que como un espacio de elevación espiritual. Para él, la ostentación de riquezas y la atmósfera sobrecogedora eran el reflejo de una España que, en su obsesión por el oro y la magnificencia, acaso perdió de vista la esencia de la vida sencilla y terrena.
No comparto del todo la mirada de Nooteboom pero puedo entenderla. Más teniendo en cuenta que era protestante. Supongo que la esencia del cristianismo consistía en ayudar a los necesitados, compartir bienes, cultivar la humildad. Monumentos como la Catedral de Burgos pueden por un lado enaltecer a Dios pero también pueden ser símbolo de la vanidad humana. Pueden, como la Torre de Babel, revelar un deseo encubierto de ser más que Dios.

¿Quién sabe? Nunca llueve a gusto de todos. La verdad es que no sé si volveré aquí algún día. Así que me limito a contemplar lo que veo con total admiración.
Avanzo despacio contemplando bóvedas que se elevan como olas detenidas, más columnas que parecen impulsarse hacia el infinito, y el retablo mayor —dorado y abigarrado— parecido al ojo interior de una montaña sagrada. Me quedo mirando con sorpresa al Papamoscas, un autómata extravagante y popular que nos recuerda que incluso en lo más solemne hay un resquicio para el juego y la humanidad. Luego continúo hacia la Capilla del Condestable, un delirio gótico de piedra tallada lleno de relieves oníricos, y más tarde, observo abrumado la bóveda estrellada del crucero, los sepulcros tallados o el cimborrio.
Todas las piezas arquitectónicas se confunden con el murmullo flotante de las plegarias rezadas a lo largo de los siglos y los murmullos entrecortados de los visitantes que contemplan el espectáculo, por lo general, con curiosidad y asombro.

Salgo a las calles de Burgos absolutamente golpeado, casi embriagado. Por un lado, lleno. Por otro, fatigado. Me cuesta recuperarme de las impresiones estéticas recién vividas. Como y bebo en un banco de la ciudad.
Tal vez debería quedarme en este mítico enclave y dedicar un día para conocerlo mejor. Me gustaría, por ejemplo, visitar el Hospital del Rey, donde mi guía indica que se ofrecían más de 60000 raciones al día en el siglo XV. Quisiera también perderme por estas callejuelas como un antiguo caballero español, rememorando entremeses, viejos amores y comedias del Siglo de Oro, pero algo me dice que debo partir.

El albergue situado en el Casco Antiguo se encuentra prácticamente lleno. Tampoco me gustan los carteles que hay en la puerta. Más que dar la bienvenida al peregrino, son un catálogo de normas y prohibiciones. Creo que no me sentiría del todo cómodo allí. Y como viajero tengo claro que debo seguir las inclinaciones profundas de mi alma, así que, tras comprobar que hay un albergue de donativo a 11 kilómetros -concretamente, en la localidad de Tardajos-, parto de la ciudad más guiado por el corazón que por la cabeza.
Vuelvo a escuchar a Franco Battiato y a sentirme un inocente y cándido viajero. De tanto en tanto me encuentro algún peregrino italiano que me sonríe al reconocer las melodías de un compositor que logró algo único: convertir el pop en un rezo místico.
Recorro los kilómetros hacia Tardajos con total ligereza, casi como una pluma en manos del viento. Me siento ligero, libre. Cuando el Lp de Battiato que escucho (La voce del padrone) termina, suena Il mondo y torno a sentirme conectado con cientos de miles de personas cuyos corazones laten y laten unas veces desconsolados y otras alegres. Il mondo es un tema que tiene la particularidad de convertir lo cursi y cotidiano en trascendente; de transformar los sentimientos de los enamorados en óperas totales. Lo amo.

Llego a Tardajos un poco cansado pero contento. Hay unos cuantos peregrinos allí. Casi todos italianos. A dos de ellos ya los conocía de Grañón. Fueron los cocineros de nuestra suculenta cena. Los hospitaleros son agradables. Uno de ellos es vallisoletano y se nota. Cuando habla su voz retumba. Las más simples indicaciones parecen versos recitados en el teatro. Hay hondura en cada palabra que pronuncia.
Paso lo que resta del día descansando y charlando en un café con un belga cuya actitud me encanta. No sabe cuándo terminará el Camino. No tiene prisa ni fecha de llegada. A mi humilde entender, creo que es la mejor manera de emprender esta aventura y así se lo digo mientras tomamos unas cervezas y brindamos por cualquier estupidez. Tal vez porque nuestras almas encuentren sus anhelos durante el viaje.
Me duermo en una pequeña habitación junto a otros peregrinos con calma. En otras circunstancias, tal vez estaría triste. No sé nada de David ni de Karim. Tal vez no regrese más a Burgos. El verano comienza a escaparse de las manos. La vida se va. Pero el Camino nos enseña a fluir y aceptar.
Mañana será otro día y lo que venga será bien recibido. De momento, sigo en pie y estoy en paz. ¿Qué más puedo pedir? Shalam
أسمى فعل هو أن تضع الآخرين قبل نفسك
El acto más sublime consiste en colocar otro delante de ti





1imagen…de pronto andalucia-galicia en la mochila…atentos al triangulo ventana, puerta, mochila, el caballo se ha escapado…
2imagen…la gente anciana que baila a ritmo de 7 octavas (ritmo obsesivo)……..
3imagen….como un extranjero no siento ataduras del sentimiento…(hospitalidad)….
4imagen…la revolucion industrial….
5imagen….la piel de la canela…(alameda)
6imagen…musica molona pero en los mesones del camino se tomara un buen vino (conchas en el suelo)…perico y su sali de jamaica…jajajjj
7imagen..peregrino desnudo entallado..el banco de averiadepollos
8imagen….icono rodrigo diaz de vivar (horror)….
9imagen…mucho campo, mucho pliegue, mucha arruga…mucha alfombra…
10imagen…esta escultura estara encargada por la administracion local a un «artista» demasiado limpio (demasiado convencional)….
11imagen…el pilon de los burros….
PD…gerry goffin & carole king…1962…up on the roof…demo…
https://www.youtube.com/watch?v=uiZrdLaEgNs&list=RDuiZrdLaEgNs&start_radio=1
1) Pared cuqui. Decoración y estética de tienda en un albergue del Camino. El amor de las plantas. 2) Convierto lo ligero en trascendente. Mis gafas ayudan al mensaje. 3) Soy epicúreo y un eterno estudiante. Busco el amor más allá de todo. 4) El horror, el horror. 5) Agradable y caballeresco aire de verano. Bosque romántico. 6) Bocadillo de chorizo y vinos. Alejandro está en Burgos..jaja 7) El tridente. ¿Será Poseidón o un peregrino? ¿Será Santiago o Poseidón? 8) Oro bizantino en el corazón de Castilla. Suena el Réquiem de Mozart. 9) Tiempos renacentistas. Petrarca. Campiñas italianas. Pero es Burgos. 10) El martillo como metáfora del paso a paso peregrino. 11) El vacío sin interés. Un pintor impresionista podría salir al rescate de esta imagen. PD: uno de los más bellos temas de la música pop. Delicioso.