El baile y la vida
Es difícil escribir nada interesante en Navidad. Lo es cualquier día del año pues no digamos ya en Navidad. Por lo que me contentaré con dejar hoy...
Rubens es jovial, sí, pero sumamente respetuoso. Es sardónico e irreverente pero ama el clasicismo. Su pintura se encuentra sumergida en el revoltoso presente del Siglo XVII pero no cesa de mirar al pasado. Por lo que se percibe un amplio reconocimiento en ella hacia los maestros. Todos los grandes -desde Tintoretto hasta Da Vinci o Miguel Ángel- encuentran acomodo en sus lienzos y son homenajeados. De algún modo, Rubens dialoga con sus enseñanzas, incorpora sus técnicas, amplifica sus temáticas y les agradece los favores prestados, pero no duda en despedirse de ellos con un abrazo y continuar pintando con un guiño burlón. Esa jocosidad que convierte cualquier retrospectiva de su pintura en un banquete pantagruélico. Un verdadero festín para los sentidos que hace necesario acercarse a sus lienzos no sólo con los ojos sino con el olfato y el tacto, dado que que muchos de ellos parecen oler y que una gran parte de los objetos retratados, parecen poder tocarse. Estar vivos. Probablemente, porque Rubens es el pintor del maremoto vital y también del caos fecundo. Es tanto un visionario como un pragmático capaz de secularizar a los conceptos más elevados y a los personajes más sublimes. Pues su talento radica en hacer cercano lo abstracto. Conseguir bajar a la tierra a los ángeles, logrando que el Barroco sea no sólo un arte realista, satírico, contrahecho e iconoclasta sino también etéreo. Amablemente místico.
Rubens no es un apóstol del caos. Más bien, nos enseña a vivir en él. Es un visionario de los colores que nos sugiere ir acostumbrándonos al desorden y al sinsentido. Por eso es un humanista. Porque nunca deja solos a sus espectadores. Siempre nos acompaña, golpea y aturde para despertar. No para escandalizar ni por un mero devaneo artístico. Tanto él como los artesanos que trabajaron en su taller impusieron un estilo, unas formas, porque se vieron obligados a mirar a la tierra. Descender de los cielos.
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