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La tómbola globalista

Mar 20, 2024 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería en el que realizo una serie de reflexiones inspiradas en la obra de Ángel Charris, que recomiendo leer escuchando un tema de Talking Heads: «Crosseyed and Painless».

 

La tómbola globalista

La obra de Ángel Charris describe a la perfección la tómbola globalista. Un juego capitalista que en su mayor parte se encuentra preparado y planificado por empresas y corporaciones multinacionales pero que también posee mucho de azaroso. Que se lo pregunten si no a los somalíes. Décadas atrás, aparecieron centenares de bidones que despedían un vapor raro en sus playas llenas de pescadores y años después, los periódicos y telediarios abrían sus páginas internacionales con reportajes sobre temibles piratas somalíes. Por supuesto, en ninguno de aquellos informativos se hacía referencia ni a los peces muertos ni a las enfermedades generadas a raíz de la incontinente llegada de aquellos bidones.

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Las apariencias engañan. Podría parecer, por ejemplo, que ningún país quisiera ser excluído de la globalización. Pero esta afirmación no es exacta del todo. Más bien, lo exacto sería indicar que ningún país puede (aunque así lo desee) ser excluido de la globalización.

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La obra de Charris no describe las luchas de los mal llamados «países exóticos» o «del tercer mundo» contra esta globalización sino que más bien plasma el momento exacto en el que se convierten en «exóticos». En familiares. El momento en el que pasan a formar parte de la cultura pop o, más bien, el instante en el que son fagocitados por la cultura pop y comienzan a convertirse en no-lugares. Un plano en el taller de un ingeniero que trabaja para una Multinacional y una cifra de alguien que invierte en Bolsa.

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Charris no es un luchador. No es un guerrero. No ataca con sus espadas al sistema. Charris no es un rebelde. No destruye las instituciones. No arroja su sangre a los océanos. Tampoco es necesario. Charris es más bien un lúcido observador. Unas cuantas de sus obras recuerdan, por ejemplo, a las de El Roto o a las de Miguel Brieva. Faltan los diálogos pero las intenciones son parecidas. Aquí es el espectador el que rellena los inexistentes bocadillos. Pero, de algún modo, los tres apuntan en determinados momentos a lo mismo.

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Charris, repito, es un observador (quisiera dejar claro que no todo pintor es un observador). Alguien que mira desde lejos y precisamente, porque mira desde la distancia, porque no termina de implicarse, es capaz de reflejar el panorama global con objetividad. El carnaval del comercio. Las frívolas mutaciones de la vieja nobleza y la alta burguesía que no han tenido ningún problema en arrojar las coronas, los títulos y las buenas costumbres a la bolsa de basura de la historia ni en brindar con Cocacola para celebrar sus nuevos pactos con empresarios, políticos y militares.

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La obra de Ángel Charris retrata con ironía y sobriedad el momento en el que la aristocracia muta de piel para confundir a las masas y asegurar su capital. El gatopardismo comercial. El gatopardismo pop. Las catástrofes amables. La sonrisa del mundo orwelliano. El automatismo liberador. La liberación esclavista. El neolenguaje cotidiano.

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Charris refleja muy bien en muchos de sus cuadros el momento en el que un país, un paisaje o una cultura se transforman en un icono turístico. Ese día en el que una tierra yerma se transforma en aeropuerto, una playa en puerto de culturas (pop) y el mundo se convierte en un casino intercambiable. Una rampa de despegue para occidentales (u orientales) para más inri de los reyes del comercio.

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Charris es claro pero eso no significa que sea redundante. Eso es precisamente lo que lo diferencia de alguien como Banksy (con el que estéticamente tiene muchas más similitudes de lo que podría parecer). Banksy cae a veces (otras no) en el kitsch porque prima por encima de la propia obra lo que desea denunciar con ella.

Todos sabemos que Banksy no va a cambiar nada. Que ninguna de sus obras va a alterar lo más mínimo ninguna mecánica social. Muy probablemente tampoco nos hará pensar más críticamente. Banksy al fin y al cabo no es Pasolini. Es un propagandista con talento. Un artista posmoderno que vive del vacío social y espiritual y conoce perfectamente las dinámicas del mercado del arte.

Muchas de las obras de Banksy son vendidas como afiches en el Corte Inglés y a nadie le extraña. Porque aquello que denuncian todos lo sabemos. Todos nos reconocemos en ello. Lo mejor, de hecho, de la obra de Banksy es su ironía. Cuando Banksy es irónico es agudo y certero. En eso sí que son similares Charris y Banksy. En su ironía para detectar dinámicas y comportamientos sociales. No obstante, Charris tiene a su favor que no está tan seguro de lo que denuncia como Banksy. No tiene tan claro que tiene razón y eso es precisamente lo que lo hace probablemente más interesante y le hace eludir el kitsch.

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En la obra de Charris las dudas se anteponen a las certezas. De hecho, sus dos grandes personajes son la perplejidad y la incertidumbre.

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¿Qué hay detrás de Walt Disney? ¿Qué hay detrás del Pato Donald? ¿Qué hay detrás de un emoticon? ¿Qué hay detrás del divertido icono de Michelin? Poder, dinero y crueldad.

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Charris no es Pasolini. Así que no nos muestra ni el desgarrado rostro de las víctimas ni las perversiones realizadas por los poderosos. Pero sí nos muestra perfectamente, repito, el momento en el que la crueldad se transforma en un símbolo de felicidad pop y el dinero convierte un paisaje de un país pobre en un cómic que oculta el dolor generado por muchos de los procesos globalizadores.

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La obra de Charris no es pop sino que utiliza algunos de sus elementos para hacerse preguntas. ¿Post pop? Probablemente sea una definición mejor pero tampoco creo que se ajuste del todo a sus coordenadas.

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Se suele comparar a Charris con Chirico y Hopper por razones evidentes. Sólo hace falta echar un vistazo a su trayectoria y realizar una mirada superficial a su obra para encontrar el rastro de aquellos dos soberbios pintores. No obstante, lo importante aquí no son tanto las influencias sino lo que cada artista hace con ellas. A estas alturas, supongo que no hace falta incidir en que no existe un artista completamente original.

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En realidad, si nos paramos a pensarlo, el único artista original fue Dios. Tal vez por eso los filósofos, lo artistas, los científicos y nuestra cultura narcisista continúan empeñados en asesinarlo o ponerle más clavos a su ataúd. Lo que importa, al fin y al cabo, son las ventas. El comercio. ¿Dios?

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Edward Hopper describe el momento justo en el que la soledad metafísica, bestial, inenarrable de los emigrantes europeos llegados a Norteamérica se comienza a racionalizar. El fondo del que brotan la obra de Edgar Allan Poe y la de Lovecraft es el mismo del que surge la de Hopper. Pero, a diferencia de estos, Hopper no cae en los abismos. Pretende sortearlos. Hopper, de hecho, es constructor, edificador de la cultura norteamericana. Sus cuadros son casi anuncios de tabaco no por casualidad. Hopper es testigo del momento en que los emigrantes angustiados comienzan a desfilar por el psicoanalista. El exacto momento en el que la tristeza se convierte en negocio.

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Chirico refleja el momento justo en el que la cultura se convierte en un arma fascista. El momento en el que un país es lo que uno siente o quiere que sea y la realidad ha de ajustarse a los deseos de los seres humanos. Chirico está enamorado de los viejos tiempos. Siente miedo del futuro. Por eso su obra es, en cierto sentido, una  despedida de la monarquía, la aristocracia y la nobleza. Chirico es el artista que pinta el fin del Viejo Régimen. Por eso dibuja fantasmas. Porque siente la llegada del pop y el globalismo como una amenaza.

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Charris no es ni Hopper ni Chirico. La soledad que refleja Charris no es la de los norteamericanos sino la de los turistas del mundo globalizado y la de los hombres-masa de Ortega y Gasset. Charris es testigo del momento en el que el Tercer Mundo es colonizado no tanto por tropas sino por el comercio. Otra forma de hacer la guerra o de demostrar que se ha ganado. Es por eso que podría decirse que se despide de la clase media alta burguesa y se centra en turistas que no se sabe bien a qué lugar pertenecen. Es por eso que no pinta reyes ni fantasmas sino empresarios calculadores.

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El mundo en el que creció Charris (o al menos en el que creció durante un tiempo) es el de los encuestadores, ingenieros sociales, pedagogos, psicólogos, educadores y demagogos. Un mundo de bancos y coches. Por eso su última exposición (Futurama) no era tanto una visión sobre el futuro a la manera de H.G.Wells o Bradbury. No. Sino que, en realidad, era una indagación sobre cómo evolucionará el mundo que había ido retratando en tantas de sus exposiciones.

Futurama, de hecho, era más bien un grito de alerta o mejor, una pregunta bien clara en voz alta: ¿Hacia dónde coño estamos yendo?

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La obra de Charris describe el exacto momento en el que los viajes pasaron de ser aire puro, un logro moderno, un acertijo industrial, un enigma a descubrir, a convertirse en rutina globalista. Ruina posmoderna a mayor honra del consenso y de las certezas.

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Creo que la obra de Charris debería visitarse mientras suenan de fondo Talking Heads o Brian Eno. Tal vez el disco adecuado para hacerlo sea My Life in the Bush of ghosts. Hubo un tiempo, en los comienzos de la globalización que surgieron fricciones interesantes del cruce de culturas. Se juntaban barcos parecidos a naves espaciales con canoas en tierras en las que la electricidad era un privilegio para ricos y los animales campaban a sus anchas por la selva. De repente, un africano agarraba una caja de ritmos y ocurría algo imprevisto. Sucedían cosas. Surgían proyectos alucinantes muy difíciles de definir.

Probablemente la obra de Charris nació de ese impulso.  De sus lecturas del Reader’s Digest. De algún documental. De un cómic de Tintín. De Dune. De una portada del National Geographic. De una intuición confirmada más tarde por películas, libros o un breve texto de Deleuze. Pero con el tiempo, se fue convirtiendo involuntariamente en un espejo del infierno globalizador, de los desequilibrios contemporáneos.

Ocurre, eso sí, que gracias a su espíritu libre, a sus viajes, por ejemplo, a la Polinesia, Charris ha logrado evitar el abismo de las contrautopías. Ha encontrado la manera de atisbar libertad en medio de este mundo orwelliano. Y en gran medida, ha conservado cierta inocencia que era lo que, en el fondo, manifestaban las obras de ese delicioso heterónimo que se posesionó de su alma durante un tiempo: Lotus Easter.

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Hace unos meses Ángel Charris impartió una conferencia en Murcia titulada El arte es la mayor patraña de todos los tiempos. Un texto inspirado en las deliciosas enseñanzas de Kodo Sawaki. De momento, sólo me gustaría decir que ese texto de Charris es brillante. Es de lo mejor que le he leído a un artista vivo. Ni siquiera diría que es lúcido. En realidad, es un texto sabio. Uno de esos que sólo puede escribir alguien ya maduro. Alguien que comienza a vislumbrar (aunque sea a lo lejos) el invierno de la existencia.

En un mundo devorado por la competitividad, la diplomacia y los egos, es sano intentar escuchar al arte y no a los artistas ni a los críticos ni a los profesores. Si es que el arte tiene algo que decir que seguramente le basta con existir. Me gustaría citar una frase del mencionado texto para terminar: «A unos les gusta el ejercicio físico, otros sirven para liderar a los demás, algunos para jugar a la petanca. El arte sólo es otra cosa más en la que encontrarte y descubrir de qué va esto. Ni más ni menos que nada».

Pues eso. Sigamos intentando descubrir qué es la vida. Tal vez esa sea la prueba de algodón de toda obra de arte. Saber si nos ayuda en ese camino o no. Shalam

ا ينبغي أن تكون هناك خسارة أكثر حساسية بالنسبة لنا من خسارة الوقت، لأنه لا يمكن تعويضه.

Ninguna pérdida debe sernos más sensible que la del tiempo, puesto que es irreparable

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…a los monos se les ha olvidado ser monos (transfigu- raciones de la familia prehistorica)…jajajj
    2imagen….angel charris nunca esta solo (aplica el surrealismo del concepto dos)……
    3imagen….no hay mayor totem que el muro de los 12 angulos (precolombia)…….
    4imagen…..demasiado mundo para tanto fractal (descubrimiento)
    …….te escucho con atencion…….
    5imagen….estoy interesado en todo lo que ocurra (periodismo pictorico)…..
    6imagen….otra transfiguracion (hielo cartoons en africa)…werner herzog en amazonia (fitzcarraldo)1982…los africanos no pueden huir de africa……
    7imagen….al mejor de tres(futbolin)…citroen VS peugeot…..
    8imagen….identificacion perfecta (pobrecito murio mientras esperaba el año 3024)……
    9imagen….el quijote observa perplejo como han forrado todas las casas de chapa de la citroen……
    10imagen….marramamiau-miau-miau (a lo boteroide ilustracion.)
    11imagen….todos mis recuerdos al señor paul gaugin y al motin de la bounty-1935 y el de 1962….
    PD1….vivir del arte o el arte de vivir (yo prefiero esto es vida)….
    https://www.youtube.com/watch?v=Muil_PtJURY..artic monkeys
    2018….
    PD2..»el arte es la inteligencia que se divierte»…a.einstein…
    los povera: «arte es todo lo que conduzca el pensamiento»…m.a. pistoletto….jaja….

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    • Alejandro Hermosilla

      1) los monos de kubrick camino de convertirse en los simios de Boulle. 2) En algún lugar en ninguna parte. Dobles. 3) El juguete de Burt Simpsom se ha roto. 4) Iré, venceré y conquistaré. Devaluación o inflación. 5) Paris-Dakar-El Cairo-Manila. Comercio neoglobal. Ruta comercial. 6) El del fondo se fuma uno de María y todos bailan esperando al abuelo Walt y brindan por el tito Mickey. Los africanos a su bola 7) Ey tíos. Soy un dibujo de Grant Morrison. 8) THK 1138. George Lucas. 9) Día de muertos mexicano. Las mañanitas fúnebres 10) El gatito de detrás.. saluda como un minino de revista para niños tiernos 11) comienza a hacer fresquito y aquí nunca vienen los piratas. PD: no me gustan nada estos artic monkeys. Más de lo mismo.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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