Sátiro anal
Dalí era la reencarnación de Dionisos en la tierra. El rostro del Dios Pan. La viva imagen del espíritu carnavalesco. Un sátiro salido de un jocoso...
También me interesa mucho el tratamiento de los colores. Sobre todo, los gélidos. Ese blanco con tintes desoladores que nos sumerge en la radical frialdad de esta experiencia humana, consiguiendo que el retrato adquiera un tono onírico que, en ningún caso, resta dramatismo a lo descrito. Al contrario, le concede el marco preciso. Pues hace destacar aún más la barbarie de los cuerpos hacinados, ensartados y descuartizados en la parte central del tríptico así como el terreno arisco en el que los soldados de la parte izquierda van a introducirse y el gesto heroico, casi santo, de resonancias crísticas, que realiza el hombre con la cabeza descubierta del borde derecho.
Que el arte salva vidas es una evidencia. No quiero pensar qué hubiera sido de Otto Dix de no haber podido expresar sus vivencias. Toda su angustia. Probablemente se hubiera suicidado. Pues no hubiera podido guardar tantos traumas en su interior. Afortunadamente, los volcó al exterior, consiguiendo redimir su alma y el de muchos de sus compañeros y espectadores. Casi se me ocurre por ello, que ese ser moribundo que aparece en la parte final del tríptico, era su propio espíritu. Era una imagen de Otto Dix portándose a sí mismo. Intentando salvarse de la destrucción total. Comprendiendo que únicamente, dando testimonio de lo vivido podía auxiliarse. Algo que, durante las últimas décadas, parece haber olvidado Occidente. Un continente cuyos poderes fácticos parecen empeñados en poner un velo sobre los cadáveres. Pues de los muertos se acuerda únicamente en momentos testimoniales. Haciendo por tanto, que olvidemos que cualquier guerra es un riesgo real.
0 comentarios