La muerte en Bohemia
En los últimos días he seguido una costumbre antes de comenzar a escribir Puercos o realizar cualquier acto: escuchar un Réquiem. Básicamente,...
Vistas las cosas de este modo, podría pensarse que es la ausencia del chupete, la falta de ese objeto fetiche a partir del que simulamos estar en contacto con el seno materno y disminuimos la angustia por haber salido del útero al mundo, lo que nos obligaría a hablar. Las primeras palabras, frases, serían una manifestación o intento de búsqueda de ese chupete (seno) con el que nunca volveremos a estar unidos. Aunque, eso sí, más tarde, intentaremos reencontrarlo de otros modos; ya sea con el cigarrillo, el chicle o la ingestión desmesurada de comida.
El arte podría servir, por tanto, como medio para plasmar y, en ocasiones, superar esa frustración. Sería una actividad que lucharía por encontrar la sanación y equilibrio personal aunque no la asegure, si es que el artista no se ha sometido anteriormente a un proceso catártico y terapéutico. Y por ello no es en absoluto extraño encontrarse con fantásticos creadores que poseen, a su vez, grandes carencias personales o inmensos egos. Pues la obra realizada no se encuentra directamente relacionada con la sanación personal. Y si bien la rabia con la que lucha contra los más diversos traumas, puede generar una creación fascinante, esto no significa propiamente que su hacedor se haya liberado de sus fantasmas. Puede haberlos atenuado y sabido expresar, pero si no ha llevado a cabo un trabajo personal más profundo, es muy probable que continúen allí. Formando parte de su personalidad hasta el fin de sus días. Siendo muy habitual encontrarnos frente a artistas narcisistas, deseosos que reconozcamos lo buenos que son en su actividad, o bien necesitados de nuestra aceptación y admiración. Ansiosos de elogios y halagos que nunca les complacerán totalmente, dado que nunca hay suficiente teta ni chupete que pueda sanar su herida vital ni sus traumas post-natales y les conduzca de nuevo al lugar de donde posiblemente no desearían nunca haber salido: el útero materno.
El chupete podría considerarse, por tanto, uno de los primeros recordatorios de la muerte. Y dependiendo de cómo entendamos nuestra separación de ese objeto, creceremos en uno u otro sentido, sin importar tanto a qué nos dediquemos -puede ser el arte, la filosofía, el deporte o las leyes- sino más bien el grado de conciencia que poseamos. A esto, por ejemplo, aluden el budismo y las filosofías orientales, puesto que no ponen el énfasis tanto entre lo abierto y lo cerrado y la necesidad de completarse entre ambos sino más bien en el equilibrio. Debe haber aperturas y cerraduras para que todo encaje en su lugar y en el mundo exista una armonía. Fuego y agua, aire y tierra, abierto y cerrado, ying y yang.
Tal y como yo veo, en Occidente nos encontramos ahora en un momento ideal para superar la fase chupete. Pues estamos en trance -gracias a la crisis económica que, en realidad, es ética y consecuencia de la política- de enfrentarnos a lo que más tememos. Algo parecido a lo que le ocurría a Robert Smith en el inquietante y fascinante vídeo de Lullaby que pienso, puede que tras todas estas palabras, comprendamos mejor a qué alude sutilmente: al niño sin chupete en la boca que acepta de una vez la muerte representada, en este caso, por la araña, y finalmente se enfrenta a ella. Reconociendo el trauma del destete delante de la sociedad, afirmando así la necesidad de crecer. Dejar de ser Peter Pan, músico o artista, y conseguir ser persona. Porque la araña no espera. Siempre está hambrienta. Teje y teje su tela (el tiempo) hasta asfixiarnos y conducirnos al umbral ulterior, la muerte, que, como enseña el budismo, es una experiencia que puede producirse hoy mismo. Esta tarde, en unas horas, ahora, ya. Enseñanza que debemos interiorizar pues solo así podremos experimentar con autenticidad aquello que nos toque vivir realmente y no buscaremos sustitutos -chupetes, drogas, dulces- sino únicamente la verdad. Sea lo que sea ésta y signifique lo que signifique. Shalam
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