Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Orozco fue un trágico. Un trágico romántico para ser más exactos. Un hombre que exaltaba las crisis vitales y sociales y experimentaba los giros históricos como incendios cósmicos. Oscilaciones subterráneas del inframundo cuyos ecos retumbaban constantemente en la realidad. Fue un muralista que utilizaba los muros de los palacios y edificios para dar su punto de vista visceral sobre el mundo. No para adoctrinar. Y por eso, a pesar de lógicamente tener que adaptarse a las coordenadas objetivas y un tanto esteriotipadas del movimiento, sus pinturas son enormes lienzos expresionistas. Visiones del averno que emergen de sus tripas, de la angustia y la deriva, y en muy pocos casos de una reflexión preestablecida y condicionada políticamente. Por eso es el Goya mexicano. Porque en la mayoría de sus murales resplandece el rojo sangriento, el amarillo violento y el negro de luto. Y no esconde los dramas sino que los muestra en toda su rotundidad. Demostrando que cuando los seres humanos sufren lo hace también el Universo. Los planetas y las estrellas. Los campos de trigo, los ríos secos y las montañas de rocas rojas y arena amarga.
Uno de los grandes méritos de Orozco radica en que era cósmico y terrenal. Captaba perfectamente la zozobra del individuo encerrado en la ciudad y sometido a la dictadura de la moral, el capital y la ideología y la conectaba instintivamente con el desasosiego de muchos de los mitos cíclicos.
Orozco fue el pintor de la soledad. No importa que retratara multitudes. Vislumbraba la bestia que habitaba entre las masa. Por lo que en sus murales, los seres humanos se encuentran solos. Totalmente solos tanto frente a los dioses como frente a la tecnología. Ante muchas de sus obras, se siente un malestar profundo. Se perciben los inmensos errores de la creación. La feroz incomprensión que existe entre las divinidades y los hombres. La violencia con la que estalla y se manifiesta el tiempo. La crueldad de la existencia y el continuo castigo de los seres mortales. Incluso sin hacer demasiado esfuerzo se puede escuchar hablar al mal. Y hasta verlo. Porque Orozco tiene la virtud de convertir ideas abstractas en concretas. No fue un teórico sino un pintor instintivo. Pintaba carnalmente. Como si fuera un carnicero. Alguien acostumbrado a estar en contacto con animales y el pueblo. O tal vez un carcelero. Un señor habituado a pasear por celdas y oír lamentaciones. De hecho, en sus lienzos muchas veces el ser humano parece encontrarse en una prisión. No hay apenas esperanza. Y el ruido que sobresale podría proceder de las tripas de Caín, los intestinos del Averno o el vientre de un tanque o un bombardero.
Orozco -repito- es México. Pocos pintores han captado con tanta crudeza el aura de esas tierras. Su caos, su desorden, sus olores y su tremendismo. Tanto el violento aroma que desprenden ciertas calles y universidades como el odio que habita en cualquier esquina y se superpone a la cordialidad y humildad natural de sus gentes.
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