Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Ninguno de los personajes de Ferri, en cualquier caso, es un rebelde. La mayoría se encuentran demasiado preocupados por su extinción para articular una respuesta en contra de un sistema. De hecho, su problema no radica tanto en su necesidad de levantarse frente a una opresión sino en su imposibilidad de dejar descendencia. ¿Dónde están los hijos de estas figuras? Sí. Parece una pregunta delirante pero en absoluto lo es. Porque lo que acosa a estos estilizados cuerpos es su futura extinción. Su imposibilidad de dar fruto. Lo que los asusta es su escasa influencia. Que son sombra tras sombra a las que nadie mira como cadáveres exhaustos. Estatuas colocadas en medio de los pasillos de las ciudades cuyo contenido dejó de importar. Como la civilización greco-romana en su conjunto, han perdido su validez y pertinencia. Son invisibles e inconsistentes. Más bufones que figuras trágicas. Meros pliegues en la piel de un mundo que ha sobrepasado completamente el sentido y significado que pudieron tener. Y por ello no interactúan tanto entre ellos -aunque aparentemente pudiera parecerlo- sino con el destino. Con el futuro. El brazo invisible del mercado frente al que sus voces han quedado opacadas.
Entre las figuras retratadas por Roberto Feri no existe el amor. Únicamente deseo. Pero no un deseo que asciende y puebla de energía sexual el cuerpo que se abraza y se acaricia en la oscuridad. No. Sino más bien, un deseo post-coital, un deseo post-orgásmico que tiene tanto que ver con el hastío tras la satisfacción plena como con la ausencia de líbido ante músculos y carnes que antaño provocaron un torbellino de pasiones. Un deseo artificial que es producto de una mirada previamente codificada que acaba desfigurando y convirtiendo estos cuerpos en pantomimas.
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