Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Observar con detenimiento los lienzos de David Teniers o David Ryckaert no me separa ni aleja de este mundo. Al contrario, me hace profundizar más en él, al igual que los últimos disco de Scott Walker. Hilos sonoros entonados por la voz de un fantasma que parece encontrarse muy cerca de mí, como las brujas de los flamencos. Quienes incluso aunque sean retratadas traspasando las puertas del infierno, no me resultan muy distintas del resto de los mortales. De hecho, puedo visualizarlas perfectamente caminando en medio de una ciudad medieval, huyendo de un ladrón al alba o realizando un ritual sacro en medio de un descampado.
Las brujas flamencas poseen una elegancia natural. Parecen haber sido elegidas para un destino superior o ser nobles y darle tan poco importancia a la vida como a la muerte. Son tan normales que resulta extraño que no se pongan a hablar cuando las contemplamos en los lienzos. Con ellas, se percibe y siente que la brujería no es un hecho extraordinario sino un ingrediente más de la vida cotidiana sin el cual no estaría completa.
Estas brujas no dan miedo. No provocan, por ejemplo, el pavor de las hispánicas. Tal vez porque se encuentran orgullosas de ser lo que son. Aceptan con serenidad su destino. Son heroínas que, durante sus incursiones en el inframundo, abren huecos, concavidades a través de las que se unen con los viejos mitos grecolatinos. Parecen una mezcla entre Juana de Arco y Medea, entre Celestina y una reina agnóstica porque, en realidad, son símbolos barrocos. Productos de la Contrarreforma y el derrumbe de los ideales. Son bastiones que intentan resistir los furiosos envites de una cultura que intenta tapar el inconsciente mientras en América se viven aventuras que ni el más imaginativo e intenso de los libros medievales hubiera soñado recoger. Ellas, sí, son las guardianas de la cesta de donde surgen los sueños. Los demonios irritados por los latigazos de la diosa razón.
Percibo que a los artistas flamencos les molestaba la prohibición de la brujería. Tal vez porque para ellos no era un confín peligroso sino una colina inmensamente fascinante. Un precipicio que atenuar la caída y no acelerarla. De hecho, sus lienzos son, en cierto sentido, una muestra de respeto a la magia que podía aún sentirse en los bosques o bajo las rendija de las puertas de algunas casas. Un homenaje a bailes ancestrales. Son danzas en torno a la guarida del minotauro. Puñetazos mágicos a la nariz de lo racional.
Los pintores flamencos se acercaban a los mundos ocultos de los faunos y hechiceras con cierto aire de arquitectos góticos. Pero, en este caso, no para jugar con los matices de la luz sino con los de la oscuridad. Y en eso, vuelven a recordarme bastante a Scott Walker. Pues si bien es cierto que se atrevían a caminar por los pasadizos de castillos desconocidos, lo hacían con desenfado y osadía. Como si sus pasillos les resultaran familiares y las brujas que fueran encontrando en su camino fueran sus madres, esposas e hijas y no brumas del anochecer o alientos de víboras salvajes. Shalam
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