Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En realidad, creo que -a excepción tal vez de El gallo de oro– Juan Rulfo nunca habló en sus libros. Y mucho menos de sí mismo. Por eso no le importó callar hasta la muerte después de hacerlos. Porque no tenía nada que decir. De hecho, no creo que se considerara a sí mismo un escritor sino más bien un transcriptor. Una persona que escuchaba hablar a los muertos y a los vivos, el agua y las fachadas de las casas, e iba lentamente traduciendo su experiencia al papel. Algo que, bajo mi punto de vista, en México únicamente consiguió Elena Garro en Los recuerdos del porvenir. Pero antes de Rulfo no había hecho nadie. Ni siquiera William Faulkner cuya voz siento aparecer a vaivenes en la historia que cuenta, peleándose con los personajes de sus narraciones con la intención de transformar su lucha en testimonio verídico y ancestral. Pesadilla real que inaugura, funda el país norteamericano.
De pocos escritores se ha hablado más que de Rulfo, precisamente por ser una personalidad en todo opuesta a la mayoría de nosotros. Dispuestos siempre a hablar de nuestros libros, deseosos de ser entrevistados o de lanzar al viento cualquier reseña o noticia buena relacionada con nuestras creaciones. Tanto es así que en esta nueva perversión de la crítica moderna, se ha llegado a olvidar aquello a lo que se refería en sus textos: las imágenes y voces que pasaban a través de su alma y que conseguía filtrar.
La grandeza de las fotografías de Juan Rulfo radica, a mi entender, en que nos hacen olvidar tanto el pasado como el futuro de México. Su raíz mesoamericana, la conquista y posterior colonización.
Creo que el mérito artístico de Rulfo radica en este hecho. Independientemente de la excelencia de sus obras, cuando leo ciertos textos de Octavio Paz, siento que estoy ante un intelectual que me recalca una y otra vez lo sublime, inteligente que es. Cuando leo a Carlos Fuentes, me siento ante un hombre extremadamente preocupado por los avances técnicos de la escritura. Cuando contemplo un lienzo de Diego Rivera, veo a México a principios de siglo. El México surgido de la Revolución. El de los muralistas. Un México adscrito únicamente a ese momento. Cuando observo las obras de Frida Kahlo, veo a una mujer expresando su sufrimiento. Recalcándome una y otra vez cuánto dolor ha debido aguantar. Pero cuando me encuentro ante una fotografía de Rulfo, no siento a nadie detrás. Se percibe que el artista ha desaparecido para que sólo hablen sus obras y que lo que éstas tienen que decirnos es un secreto personal e intransferible que atravesará el tiempo. Es absolutamente inmortal. Colectivo, anónimo y sagrado. Shalam
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