Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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¿Qué se puede añadir a esto? Poco más. Gritemos, digamos todos: «Soplo Nujani. Vida Nujani. Cantares Nujani. Y aplausos Nujani. Sí. Nujaniiii. Como la sintonía de acogida de las discotecas antiguas. O la peseta y el duro. Y el billete verde de 1000. Nujaniiiiiiiiiii….. Nujani…. Siempre Nujani… Nujani… Siempre Nujani…. Nujani… siempre Nujani…. Nujani… Siempre Nujani. Nujani».
En fin, fue así que aquel extraño pero digno presentador dijo a los presentes que iba a comenzar a hablar sobre el primer artista de los que participarían en aquella noche estrafalaria, ridícula y encantadora como sólo una noche Nujani podía serlo. Y que comenzó a referir las hazañas de José Luis Fullea al que dedicó estas palabras: Fullea es uno de los artistas Nujani por excelencia. Nacido Nujani antes de ser ni siquiera imaginado como ser humano en la mente de sus padres, José Luis Fullea era, representa y simbolizaba la esencia nujani más absoluta. Porque José Luis Fullea es un hombre orquesta. Un muchacho encantador. Un samurai impredecible. Un filósofo racional pero también subliminal. Mago encantador, amigo eterno, cantante singular y malicioso, amigo fiel del Torete y el Vaquilla, fundador del grupo Trompe Team, payaso infinito, fan perenne de Loco mía, niño sin edad, fan por igual de los western y la lucha libre, lector del tarot y cartas astrales en su juventud, aspirante a terapeuta sentimental, aprendiz de brujo sin hechizos ni conjuros y aspirante a chamán de la juventud nujani gracias a su indiscutible carisma.
Pero lo mejor no había ocurrido todavía sino que estaba por acaecer, dijo Alejandro Hermosilla a los presentes tras la visualización de las encantadoras piezas audiovisuales presentadas por José Luis Fullea a los presentes. De hecho, se acercaba el momento central de un noche repleta -justo era decirlo- de momentos célebres: la presentación en sociedad del Pitir. Tal vez los asistentes no pudieran valorar en su verdadera dimensión lo que este acontecimiento suponía. Y por ello, era necesario recalcarlo.
Y dicho esto, y destapando la cortina que ocultaba hasta entonces la misteriosa y prohibida figura del Pitir, Alejandro Nujanilla se despidió de los presentes. No sin antes recordarles que la noche no acababa allí sino que, en realidad, era en esos instantes que estaba comenzando dado que a continuación tendría lugar una sesión de música Nujani comandada por el sargento René: otro digno ser perteneciente al mundo Nujani y del que, se decía, había formado en algún momento de su vida de la logia que fundó este movimiento cuya doctrina tal vez sea inescrutable y misteriosa, sí, pero, como pudieron comprobar todos los asistentes a la segunda celebración de sus ritos, es, en esencia, maravillosa; como todo lo Nujani fue, es y será. De aquí hasta la eternidad. Shalam
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