Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Hawkwind combinaban de manera intituitiva una faceta nihilista, casi punk, con otra progresiva y hippie. Eran una mezcla musical entre el puñal ensangrentado de un miembro de la familia Manson y una hoja de marihuana. Podrían haber surgido perfectamente de las praderas Woodstock pero apuntaban a la crisis del petroleo. Eran campestres e industriales. Un grupo ideal para pisar tierra y salir disparado al cielo en un cohete. Un corrosivo cruce en medio de ninguna parte entre Grand Funk Railroad, Iron Butterfly y Motorhead. Entre el Krautrock y la psicodelia.
No obstante, a pesar de la aureola de grandeza que portan sus cinco primeros discos, hay que reconocer que no son perfectos. En el primero, todavía había unas cuantas piezas que estaban encajando y la maquinaria no terminaba de estar engrasada. Más que un trip es un cigarrillo cargado de hachís. La producción de Hall of the mountain grill tal vez sea demasiado sofisticada para mi gusto. Menos brutal de lo esperable. Y en Warrior, por ejemplo, -probablemente por su afán de evolucionar- flirtean con el rock sinfónico de Yes y Génesis y, en algún momento, bajan el pistón. Pero, en cualquier caso, son muy pocos deslices para cinco obras que todavía están vivas. Respiran por los cuatro costados peligro y saben a aceite y gasolina. Huelen a Harley Davidson y a libertad. Son una carretera de asfalto y carne ideal para perderse en el más allá.
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