Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares

Como expliqué anteriormente, debido a mis circunstancias personales, pronto sintonicé con una de las más hermosas canciones, «Waiting for’ a Superman» de este avión de múltiples luces y colores que destellan en todas las direcciones. Un tema que se convirtió rápidamente en un himno secreto de la Generación X al retratar la vida de decenas de miles de seres humanos repartidos por el mundo que no sabíamos cuál sería nuestro destino ni los esfuerzos que tendríamos que hacer para conquistarlo. He de reconocer que, al principio no entendí bien su mensaje pero con el paso de las escuchas lo interioricé e hice mío. De hecho, creo que es muy certero puesto que casi que a esto nos obliga la sociedad neoliberal: a transformarnos en Superman para superar los obstáculos que ella misma genera. O, aún peor, a esperar que aparezca el superhéroe de DC -tal vez en forma de ejército norteamericano invasor- y nos libere de nuestros problemas. La voz de Wayne Coyne era aquí casi la de un muchacho, adoptaba una tonalidad frágil y esquiva. Prácticamente suplicaba comprensión del oyente imaginario mientras formulaba las estrofas de un tema que terminaba con una inquietante conclusión: «Itś just too heavy for Superman to lift». Toda una metáfora sobre el signo de los tiempos.
En cualquier caso, si para Superman resultaba ya demasiado duro alzar el vuelo no tenía tantos problemas The Soft Bulletin. Un disco que únicamente ponía un pie en el suelo para tomar impulso y alzarse de nuevo. Un pergamino atípico protagonizado por decenas de seres descentrados que remitía al futuro y al pasado y se encontraba lleno de sonidos teñidos con colores pastel. Poseía un lirismo marciano que lo hacía encantador y diferente. Un disco ideal para escucha a solas que, de tan íntimo y personal que era, únicamente tenía un fallo: no tenía apenas sentido escucharlo con otro ser. Ni siquiera con nuestro amor pues algo de su magia se diluía cuando era compartido o no se escuchaba con los -más necesarios que nunca- auriculares.
0 comentarios