Una odisea hippy
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión a Space Oddity; el álbum de David Bowie. El cual recomiendo leer escuchando uno de sus...
Antes que pintor, Dean fue arquitecto. Algo que puede percibirse en todos sus lienzos. Obras que, a pesar de remitir a la fantasía, poseen un toque minimalista. Evocan estructuras y edificios modernos. De hecho, su obra en su conjunto podría ser interpretada como una visión del futuro arquitectónico. Una mirada utópica e idealizada sobre las ciudades y espacios naturales del porvenir.
Los lienzos de Roger Dean fueron una mirada racional al fenómeno Woodstock. Sus dibujos mezclaban perfectamente la ciencia ficción con la fantasía. A Tolkien con Moebius. A Henri Rosseau con Isaac Asimov. Y tenían muchos puntos de contacto con el cómic europeo. Hay que reconocer que se encontraban, eso sí, a unos cuantos metros del gran arte o de la alta cultura. De hecho, es más factible imaginar a muchos de ellos expuestos en un bar o una tienda de arte que en un museo. Pero esta falla conseguían suplirla con cierta inmediatez pop. Una avidez popular que si bien le restaba «misterio» y cierto prestigio permitía la identificación y el goce de personas de las más distintas extracciones sociales con sus dibujos.
La importancia de Roger en el mundo del pop es muy grande. Antes de él, las portadas de discos se encontraban demasiado esteriotipadas. La mayoría consistían en fotografías en primer plano de los grupos o solistas. Eran, en realidad, meras descripciones. Más reclamos publicitarios que objetos artísticos. Algo que cambió para siempre con el famoso collage realizado por Jann Haworth y Peter Blake para el icónico Sgt. Pepper’s de The Beatles y el trabajo que Dean realizó para el primer LP de The Gun. Una borrosa, subjetiva e impresionista acuarela que retrataba a unos demonios.
A partir de entonces, los discos no fueron considerados únicamente como una colección de canciones sino que pasaron a formar parte de la historia del arte. Transmitían ideas filosóficas y políticas, se vislumbraba que había, sí, todo un concepto detrás de ellos y, consiguientemente, las bandas y compañías pagaban grandes sumas a diseñadores para encontrar logos sugestivos y atractivos y cuidaban (y, en muchas ocasiones, se implicaban al máximo) cada uno de los aspectos de las cubiertas: fundas, fotografías interiores, letras y, por supuesto, portada.
Dean no tardó en especializarse en paisajes. Tenía un enorme talento para captar el «aura» espiritual de los objetos y de los astros. Sus dibujos de cielos y horizontes marcianos se sincronizaban perfectamente con los solos de guitarra alucinógenos que emergían de los discos de Yes, Asia o Gentle Giant. Además, modernizaba inmediatamente las ideas de los grupos con una imagen. Transportaba sus sonidos a mundos y espacios alternativos en los que Pompeya, Saturno, Jupiter, Atlantis, castillos medievales y reinos simbólicos inspirados en el tarot convivían armónicamente.
Dean era un artista optimista. En sus obras el futuro se abre como un tapiz medieval. Se encuentra lleno de secretos y sortilegios. Es casi una visión cabalística y simbólica. El temor a la catástrofe nuclear y el miedo ambiental producto de la guerra fría, por ejemplo, son superados por los poderes alquímicos de la música y las visiones de decenas de mundos posibles.
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