Nino and Radiah
Nino and Radiah es sin dudas mi disco favorito de Nino Ferrer. Un disco campestre, agreste, en el que el artista franco-italiano canta y compone con...
Es inevitable al escuchar Memoryhouse acordarse tanto de algunas de las películas de Krzysztof Kieślowski, Theo Angelopoulos, Win Wender o Lars Von Trier como de los trabajos de Philip Glass, Zbigniew Preisner, Krzystof Penderecki, Kronos Quartet, Arvo Pärt o incluso Edwar Artemiev cuyos ecos se dejan escuchar entre acordes de música electroacústica minimalista, juguetona y serial que crean atmósferas complejas, evocadoras, iluminadoras y trascendentes. Richter nunca es obvio. Lo que no significa que intente sorprendernos a cada instante. Es un músico concentrado en sí mismo. En extraer de cada sonido una imagen y de cada nota el exacto paisaje mental que tiene en su mente. Y Memoryhouse es, en este sentido, más que un disco ambiental, un transatlántico que explora el subconsciente de un ser humano para reflejar con claridad el «aura» de una época. Es una obra de contrastes ambiguos. Su oscuridad es tan difusa como la luz que emite. Se difumina y toma relieve conforme es necesario. En ningún caso, forzosamente. Avanza y despliega sus armas y estrategia con sobriedad. Sin rehuir de gigantismos por más que se desenvuelva con más comodidad en la intimidad, entre las cortinas de un salón solitario y las calles vacías de ciudades donde es difícil encontrar una sola persona que ría en voz alta, que en espacios multitudinarios.
Max Richter, sin embargo, no busca tanto transmitir el estado colectivo del espíritu de una población sino el suyo propio. Puesto que es consciente de que cuanto más profundice en su alma, mejor retratará la de sus contemporáneos. Es paciente y tiene un espíritu parecido al de aquel «buscador» que protagonizaba la famosa película, Stalker, de Andrei Tarkovski. Flota en un mar de fondo musical a través del que busca comprenderse a sí mismo y de paso, transmitir sus dudas e incertidumbre sobre nuestro continente. Una tierra inhóspita, con raíces muertas, en cuyo pasado escarba encontrando huellas de esperanza y determinadas certezas que estallan en bellas composiciones capaces de hacer arder los paisajes helados en los que se encuentran inspiradas.
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