H.R.Giger: Necronomicon
Son hermosas las imágenes que H.R. Giger realizó para ilustrar el Necronomicón de H.P. Lovecraft. Todos las tenemos en la retina de una u otra forma...
Más que intuitivo, el arte de Francis Bacon me resulta instintivo. Creo que este es uno de los atributos esenciales de su pintura. Lo que le ha permitido continuar teniendo un lugar de referencia en la contemporaneidad y no perderlo. Bacon habla a nuestros instintos, directamente a nuestra sexualidad. Sin roces ni caricias va directamente al centro. Es una especie de pintor-perro que emite ladridos en cada pincelada y se lanza a retratar sus modelos como si fuera tras un hueso, con más pasión que inteligencia. Mostrando sus deseos y sensaciones transparentemente en la mayoría de sus retratos.
En un mundo artificial, virtual, resulta muy estimulante volver a enfrentarse con Bacon. Un pintor que parece regocijarse en el tacto, a su manera propone una mística de la corporalidad y retrata seres vivos -y no meras abstracciones ni bosquejos- con los que es inevitable sentirse identificado. A veces, en verdad, me recuerda a uno de esos mágicos cantantes de soul, plenos de carnalidad, como James Brown, capaces de hacernos vibrar, transmitiéndonos serenidad y fortaleza y enormes dosis de amor en sus interpretaciones. Ya que posee una mirada sincera que se impone sobre la angustia e inquietud que cerca a los personajes que retrata, a quienes Bacon, por otra parte, no tiene miedo de llevar al límite, resaltando así aún más su vitalidad, su carácter resistente.
En segundo plano, contemplamos otra Isabel adentrándose en su hogar, de la que apenas vemos su rostro, cuello y un vestido que intuimos -no podemos afirmarlo con certeza- negro. Y en este caso, sí, tanto su pose descuidada como su faz casi diabólica reflejan su genialidad al descubierto. Muestran sin ambages ni límites, el espíritu diabólico que se apodera de ella en los momentos cruciales de su vida, que le hace dejar un aroma peligroso en los ambientes que recorre, del que tal vez no sea enteramente consciente. Pues su mirada cegada trasluce desconocimiento hacia ese estado por parte de un alma que si bien, se nos muestra en primera instancia, de forma afectuosa y cordial, finalmente queda enterrado, dominado, por un aura oscura que arrastra su personalidad hacia parajes desconocidos. Angostas fronteras entre las que Bacon se mueve con soltura, posiblemente porque bordean los desfiladeros de la muerte. Al fin y el cabo, el tema, bajo mi punto de vista, del tercer y último retrato. Un retrato pintado precisamente en un lienzo sobre la pared en el que, bajo la masa deforme del rostro de Isabel, se intuye debilidad. Miedo a su propia mortalidad, su final, el golpeo de los huesos en la tumba. Lo que no es obstáculo para percibir cierta complacencia en ella: la de quien siente que ha vivido todo aquello que debía vivir, no tanto como le hubiera gustado -que también- sino como pudo pero, en cualquier caso, de poder elegir, volvería a hacerlo otra vez de la misma forma, aunque eso le supusiera yacer en el infierno por los siglos de los siglos.
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