El viajero perdido
Tengo la impresión de que Ángel Mateo Charris pinta fantasmas. Un mundo (el antiguo orden burgués) que ya se fue pero que él disfruta rememorando en...
Percibo también en el arte de Polke un humor macabro y casi festivo. Como si en el fondo no sufriera tanto con los estertores del capitalismo sino que se divirtiera con su ocaso y deseara que tanto su largo y extenso epílogo como su perversa dominación concluyeran de una vez para que los ciudadanos de Occidente tomaran conciencia de que no sucedería nada grave por ello. Tanto es así que sus críticas al poder no me parecen tanto frontales puñetazos terroristas, potentes misiles deseosos de hacer explotar todo, sino incisivos ganchos a los que les basta resquebrajar las paredes para percibir las debilidades del pensamiento totalitario económico.
Muchas veces, tiene uno la impresión de que Polke entiende las obras de arte como un ballet. Que lo que desea es que dancen alrededor del espectador inquietándole con un sinfín de preguntas. De hecho, este es el título que daría al conjunto de su obra: La interrogación continua. Aunque tal vez sea mucho más adecuado el siguiente: La respuesta imposible. Ante todo, porque sus creaciones se mueven en un terreno difuso. Borroso. Un pantano intelectual que -aunque se nutre de ellas- descree de la vanguardia y la modernidad y, por tanto, no permite responder con precisión al semillero de dudas que una visión amplia de sus textos visuales plantea. Tal vez porque Polke muestra de un tirón el cansancio y sempiterna frustración del arte moderno. Su agarrotamiento y sinsentido detectado por el público en general y puesto de manifiesto unilateralmente incluso por artistas y críticos. Y es aproximándose con levedad a esta sincera exposición de su gran derrota, ese fracaso que frustra cualquier aspiración trascendente, que se atreve a ir sembrando puentes, semillas que desbloquean miradas, transmiten experiencias imprevistas y lentamente, van configurando un mundo de sensaciones donde se respira cierto alumbramiento de lo maravilloso e irreal.
Destrucción y belleza caminan de la mano en las obras de Polke. Al igual que fantasía y muerte. En ocasiones, recurriendo a comparaciones literarias, sus pinturas me hacen rememorar la exaltación de Nabokov cazando mariposas y en otras, me recuerdan a un Bernhard sepultado en una olla de agua caliente donde sobrevuelan páginas de Alicia en el país de las maravillas y un sinfín de obras de arte modernas. Un cruce entre un escritor de novelas de terror y un pintor enamorado del ocaso cósmico.
A Polke, el reconocimiento le llegó tarde porque era un artista paciente. Un señor que probablemente disfrutaba de un café, una puesta de sol o las correcciones y retoques de las obras que creaba. De hecho, lo vislumbro como un agricultor del arte. Un sembrador que se encontró de frente con el mundo moderno e intentó que su mirada sobreviviera dentro de esa orgía continua de aterradoras sombras económicas.
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