El mundo derruido
Creo que Alfred Kubin no era un visionario. Era un pintor realista. Eso sí, no pintaba lo que veía sino lo que sentía. Lo que presagiaba. Y también...
Por ello, más allá de su impostado exotismo, las bellas mujeres retratadas por Delvaux no exhuman carnalidad. Son rígidas y severas a pesar de la diversidad y aparente espontaneidad de sus gestos. Se encuentran alerta. Desconfiadas. Son un ejército más que una tribu. Pertenecen a un convento donde es lo mismo portar los hábitos que no hacerlo. Y utilizan el sexo no tanto como un medio de conocimiento, exaltación o placer sino como una llave de poder. Un modo de substraer fuerza al Estado. Pues su unión no es tanto por amor como por supervivencia. Una forma autoritaria de reivindicar su derecho a la vida. Sus actitudes, además, tienen mucho de fantasmagóricas. Probablemente, porque una parte íntima y esencial de su ser se halla destruida. Cohibida o enterrada. Forma parte del paisaje mental masculino. Pertenece a esos abstrusos señores que casi prefieren verlas besarse y amarse entre ellas que participar de la consagración de las almas. Están, en definitiva, por más que caminen agrupadas, solas. Son almas solitarias recorriendo un purgatorio en riesgo de ser raptadas por la melancolía y la oscuridad. El cuervo que picotea su corazón y las aguarda, escondido, en las ramas de siniestros árboles. Modernos paisajes por los que desfilan como si fueran aparecidas. De hecho, parecen temerosos espíritus. Almas cuya belleza es una invitación a la fuga. Al recogimiento y a la huida. Pájaros buscando nidos y ramas que no se quiebren donde estar a salvo de la mirada de vivos y muertos.
Pocos artistas como Delvaux fueron capaces de retratar líricamente el nihilismo amoroso. El ocaso del clasicismo. El mundo subterráneo que latía en las sonatas narrativas de Arthur Schnitzler y, más tarde, en esas sinfonías del despojo y abatimiento que son los frescos de Robert Musil. Delvaux, sí, captó en imágenes el destructivo vuelo de la cultura francesa. Esa tierra desolada por la razón y la técnica que cambió a la virgen por la plebeya en su santoral revolucionario, dejando de lado la espiritualidad. Construyendo esa perversa ideología escondida tras ciertas vanguardias e ismos de la que Delvaux bebió para describir la incomunicación sexual. Pintar oníricamente la femineidad atrapada y la masculinidad retraída, llena de traumas y complejos sin resolver. Ese mundo de señores lésbicos y mujeres vigilantes, encerradas en sus propios círculos lunáticos sin ansia maternal.
Delvaux, en definitiva, utilizó el surrealismo para esclarecer los contornos del sombrío palacio burgués. La inmensa casa de campo repleta de lobos y mujeres espantadas, desbordada por el silencio y la incomunicación. Mostrando que el orgasmo y los besos no son tanto a veces una manera de alcanzar el éxtasis y la comunión sino de evitar la destrucción. Luchar contra la desaparición. De que ciertas perversiones son murmullos, plegarias escondidas, melancólicas formas de no extinguirse en las brumas. Y de que el decadentismo era un rezo desesperado por separar a dios de la iglesia y llenar de ángeles, miseria y compasión la tierra. Shalam
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