El viajero perdido
Tengo la impresión de que Ángel Mateo Charris pinta fantasmas. Un mundo (el antiguo orden burgués) que ya se fue pero que él disfruta rememorando en...
Aunque al parecer su conocimiento de la cosmogonía mexicana fue esencial para el tratamiento místico del mundo espiritual en su obra, creo que Claudio Romo sólo podía ser chileno. Un país en el que la naturaleza aún posee esa magia con la que los tratados medievales describían las praderas y montes europeos siglos atrás. En Chile, la civilización no ha asesinado aún al mundo sobrenatural y existen muchos poblados y ciudades donde sus habitantes dicen ver y escuchar hadas y estar en contacto con duendes sin necesidad de tomar hongos. Chile es una tierra más parecida a un verso de Nicanor Parra que a lo que dicen de ella los mapas de geografía. Un país refulgente y onírico en el que la ebriedad mental es habitual y podrían perfectamente aparecer unos cuantos pitufos en medio de una calle o un saltamontes gigantesco desplazándose por sus montañas, y nadie se sorprendería especialmente.
Chile es casi un sueño del Pacífico. Una tierra que, a pesar de sus funcionarios y políticos, se reconoce más en sus arte y en la Patagonia, en su inconsciente, que en el mundo cotidiano reglado por escuelas y periódicos. Algo que se percibe perfectamente en el arte de Romo. Un artista que combina con una naturalidad escalofriante el mundo de Bosco y Durero y las fábulas clásicas con el de Moebius, Roland Topor y Jodorowsky. La magia procedente de los bestiarios, libros santos y de caballería medievales con la de los lienzos surealistas, la ciencia ficción y el cómic europeo.
Para Romo, en otras palabras, un monstruo es un amigo cercano. Casi un familiar o un vecino. Duerme y se levanta con ellos y su tarea es retratarlos. No salir en su búsqueda. De hecho, es un artista que pareciera haber surgido del contacto entre el esperma de una ballena y una perla encantada, de las entrañas de un volcán o del vientre de una criatura marina. Y por ello pinta la vida como si esta fuera una mezcla entre un relato de Lovecraft, Calvino y Borges y lo hace con tanta naturalidad, que más bien pareciera que esos escritores hubieran urdido historias pensando de antemano en que iban a ser ilustradas por él. Muchos de sus dibujos encajarían perfectamente tanto en un documental divulgativo para adultos como en una serie para niños. Podrían muy bien aparecer tanto en medio de un libreto dedicado a estudiar El carnaval de los animales de Saint Saens como servir de inspiración para nuevas versiones de El libro de las bestias de Ramón Llul. Podrían ser fijados tanto en las paredes de una exposición surrealista cual si hubieran sido creados a principios del siglo XX como servir de portada de cómics bizarros y todo tipo de revistas de arte y ensayo.
En cualquier caso, existe cierto talante socarrón y humorístico en sus creaciones que no puede omitirse al mencionarlas. Romo es un poco gamberro y punk y eso le hace bascular entre el respeto soberano a las criaturas que retrata y cierto deseo de fracturar ese temor que infunden. Por eso la extrañeza de sus monstruos a veces es risible y sus enigmas se disuelven en imágenes chocantes que les hacen mostrar cierta fragilidad.
Claudio Romo tiene aspecto de sabio agrario. De haberse criado con un pie en mágicos huertos donde observaba asombrado cómo crecían los frutos en los árboles y se arremolinaban insectos a lo largo de los pozos y con el otro pie en una biblioteca llena de tratados de botánica, ensayos sobre la superficie y vida de los planetas de la galaxia solar, textos dedicados a la cábala y un amplio apartado consagrado a la ciencia ficción. Y eso ha hecho que su trabajo no sea una rutina sino una diversión. De hecho, esto es lo que más me llama la atención de sus ilustraciones: la sonrisa que me provocan al verlas. Clara señal de que el artista chileno pinta con técnica adulta pero escarbando en su corazón de niño. Compone imágenes salvajes con la misma pasión que si tuviera siete u ocho años e imaginara que viaja a bordo de una nave sideral por el espacio exterior. Shalam
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