Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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De hecho, muchas no se encontraban muy lejanas de las obras de arte que cerraban el período clásico en la Grecia Antigua anticipando, casi presagiando, su posterior decadencia, como es el caso de las de Escopas o varias de las que caracterizaron a la crepuscular escultura helenística, entre las que podríamos citar Toro Farnesio o la Tyche de Antioquía de Eutíquides. Eran expresiones de desasosiego y desesperanza. Manifestaciones de incertidumbre que ilustraban sin ambages que existía un fin, un ocaso que se acercaba, presentía y vislumbraba en el horizonte, pero no un reflejo de esa nueva situación ante la que su rostro se ensombrecía y entumecía entre penumbras.
En cualquier caso, todas estas premisas saltarían por los aires y se verían modificadas por la eclosión del que para mí es uno de los mayores genios del arte pictórico: Guisepe Arcimboldo. Porque el pintor milanés vio más lejos que la mayoría de sus contemporáneos. E introdujo la ironía y la carcajada carnavalesca, como antes lo había hecho Francois Rabelais, en un mundo en crisis que miraba angustiado cómo se habían resquebrajado cada uno de sus ideales y creencias. El fue el primer artista plástico moderno que se rió de la realidad, convirtió el espacio del cuadro en superrealidad, y, sobre todo, supo entender lo que realmente significaba para la conciencia europea, la presencia americana: el renacer de Dionisos, la vuelta del mito edénico, la transformación de la belleza y la destrucción y renovación de los ideales clásicos. Se dejó contaminar por las ideas procedentes del nuevo continente y le dio un giro a la pintura renacentista de ciento ochenta grados convirtiéndola no ya en epígono sino casi en contemporánea (sobre todo) de la surrealista e incluso -en algún caso- de la cubista. Muestra y símbolo no únicamente de su tiempo y siglo sino de muchos de los que todavía están por venir. Porque Arcimboldo supo entender y digerir los cambios y se dejó fluir por el vendaval que estos traían sin miedo ni al porvenir ni a la opinión de tantos de sus contemporáneos que -como muchos ciudadanos del siglo XXI- debieron quedar sorprendidos a la par que fascinados ante la contemplación de sus creaciones. No más de un siglo había pasado entre la visión de la primavera de Botticelli y la de Arcimboldo y, en verdad, parecía que estábamos no ya ante dos períodos distintos del arte sino frente a dos épocas radicalmente diferentes: el Neolítico y el Paleolítico. La Edad Media y el Romanticismo. Casi podría afirmarse que habían transcurrido quinientos o mil años entre una visión y otra de la estación primaveral que, en el caso de Arcimboldo, posee más puntos en común con la un pintor posterior como el colombiano Fernando Botero que con la de cualquiera de sus contemporáneos.
Creo, en todo caso, que además de por sus aspectos y logros evidentes -haber introducido la gordura, la carcajada, el sueño, la monstruosidad encantada y la naturaleza asalvajada y a la vez depurada en un mundo tan cristalino como el del arte del siglo XVI- su pintura destaca sobre todo por haber sabido mutar.
Sospecho, eso sí, que Arcimboldo no es tan citado ni tan conocido como debiera, no ha sido considerado el inmenso genio que es, porque hacerlo modificaría un gran número de manuales de historia de la pintura. Obligaría a considerar buena parte de la pintura que hay entre su eclosión y la del surrealismo, un mero punto y seguido y a matizar los elogios que muchos otros pintores han recibido puede que más por su continuismo con el pasado que por su capacidad de innovación. Ocurre también que, por lo general, en los lienzos de Caravaggio, Velázquez, Murillo o Rembrandt observamos las consecuencias de las transformaciones de la conciencia y la sociedad europea del siglo XVII desde un prisma exclusivamente occidental. Puede que se haya llegado a América, pero el influjo de este acontecimiento se encuentra al fondo. Muy lejano. Es un vago rumor que no altera en demasía la vida de los personajes que se encontrarían en situaciones similares a las allí descritas, más allá de lo ocurrido en el nuevo continente. Y cuando esta influencia es más que una evidencia, en cualquier caso, siempre aparece en segundo plano.
Considero a Arcimboldo, sí, un profeta del arte. Un ludópata de la pintura. Un sátiro festivo, tal vez incluso contra su voluntad. Una rara avis que pudo haberse convertido en central en la pintura europea si el continente hubiera sido más abierto y permeable. Si en vez de desangrarse en guerras y luchas sin fin y percibir el continente americano como un botín que saquear, se hubiera puesto a reflexionar sobre sí mismo y hubiera meditado irónicamente sobre esas creencias que hasta hacía no demasiado años creía sólidas, perennes y resistentes y habían acabado saltando por los aires.
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