Modigliani
No sé si Pier Paolo Pasolini dejó algo escrito sobre Modigliani pero puedo intuir que se sentiría bastante afín al pintor judío. Y que...
Tal vez esto también explique por qué las mujeres y, en concreto, las brujas de John Waterhouse no transmiten miedo, terror o podredumbre al menos en primera instancia. En cualquier caso, lo cierto es que el artista inglés logra que sus poderes ocultos se nos hagan presentes a través de sus delicados rasgos. Su insólito encanto e irresistible aspecto capaz de doblegar a las más férreas voluntades. Sus brujas no son tan sólo hechiceras y, por tanto, conocen dónde se esconde la marca de la bestia y cómo enojar a dios sino que, además, son hermosas. Elegantes flores de un delicado jardín. Tanto que podrían matar a quien las contemplara fijamente a los ojos por más tiempo del pertinente y que consiguen invertir los términos de la proposición habitual. Es decir; no es que sean bellas por ser brujas sino que son brujas porque son bellas.
Waterhouse nos obliga a pensar si la apariencia física no es en sí misma un conjuro. Si no fueron unos ojos azules profundos como el hielo, el primer brebaje que fue dado a probar a los incautos aventureros para controlarlos y conseguir que cumplieran todos y cada uno de los deseos del bello ser que tenían ante sí. Y si no fue debido a que a algunas mujeres les fue imposible doblegar almas y espíritus únicamente con su cuerpo, que las primeras hechiceras buscaron otros medios para conseguir sus fines.
Las brujas de Waterhouse no necesitan de golpes de efecto ni excesos para imponerse, quebrar vidas o marcar destinos. Ellas mismas son el motor de lo sobrenatural y dan miedo por su silencio. Su inmensa capacidad de guardar secretos, misterios y revelaciones íntimas sobre vidas, nacimientos y muertes. Son brote místico que, al ser reprimido y disgregado en siglos posteriores, traerá consigo tempestades, marginaciones, brotes psicóticos, esquizofrenia y locura no sólo para decenas de mujeres desvalidas en manicomios y cárceles, sino para la sociedad en su conjunto.
Ciertamente, para Waterhouse la brujería era una actividad trágica porque pudo percibir su ocaso y desaparición. Vivió justo cuando comenzaba a extinguirse totalmente y por ello, en cierto sentido, dibujó residuos del pasado. Recuerdos mitificados de la feminidad ancestral. Pintó como quien pinta hoy en día el rostro de Zeus, consciente de que su intento de hacernos rememorar lo eterno, se encontraba abocado a la frustración. Algo que no le importó en demasía porque sabía que el arte es el único hechizo que perdura en el tiempo y sus lienzos se acabarían convirtiendo en refugio y hogar de brujas. Shalam
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