Danza macabra
Uno de los aspectos más molestos de nuestra época radica, bajo mi punto de vista, en la dificultad que tenemos de concentrarnos en una obra de arte...
Las creaciones de Led Zeppelin eran odas al mundo natural y al mítico. Al pansexualismo y lo que aún quedaba de agreste y salvaje en Occidente en plena revolución tecnológica. Eran una alegre y, a la vez, diabólica coda al hippismo. Una muestra de lo que sería un mundo libre y sin estados. Una utopía musical que con los años no se agota. Al contrario, se muestra resplandeciente, como los primeros arco iris que contemplamos en la infancia.
Led Zeppelin eran suntuosos. Una forma de entender la vida que probablemente ya se haya perdido. Sugerían que los seres humanos aún podíamos ser gigantes. No deberíamos achicarnos como hormigas en nuestras habitaciones. Y por ello tengo muy claro que Heráclito hubiera disfrutado con sus canciones. Y también, los filósofos hedonistas. Cualquiera que goce con su cuerpo y prefiera disfrutar de una tarde bañándose que frente a la pantalla de una computadora.
Led Zeppelin eran un vaivén. Un tobogán de emociones. Sus integrantes vestían pantalones vaqueros que parecían más elegantes que trajes de corte y dieron a luz una discografía llena de tonadas de blues que se expandían infinitamente hasta casi tocar las estrellas. Baladas rabiosas que podían haber sido compuestas mientras se rajaba el vientre a una cabra poseída por algún ángel oscuro. Riffs de guitarra iguales a relámpagos. Reggaes interpretados como sonatas medievales. Ramalazos de country más cercanos a Johann Sebastian Bach que a las tonadas compuestas por los viejos trotamundos americanos y jugosas cantinelas árabes que podrían haber aparecido en Las 1001 noches y haber sido entonadas por primera vez durante un viaje a través del desierto.
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