Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Enrique Morente siempre fue sobrado. En los primeros discos que grabó, su voz planeaba por entre las guitarras con una soltura sin igual. Antes que respetar al flamenco, lo amaba y por eso lo convirtió en su campo de juegos. Un territorio salvaje ideal para experimentar con la tradición.
He de reconocer que siempre me fascinó el rostro de Morente. Básicamente, porque creo que es uno de los rostros más auténticos que he visto jamás. Era el rostro de la piedra y del árbol. El de la caldera, la cocina y el atrevimiento. Llevaba inscrito en sus pliegues, arrugas y pequeñas cicatrices la compostura de montañas y de ríos y los sufrimientos y alegrías de cientos de familias de humildes trabajadores. Era, sí, el rostro de un patriarca pícaro. Alguien que había logrado convertir su vida en un templo consagrado a sus pasiones y para el que las fronteras no se encontraban en la tierra sino en los cielos y el cariño de su mujer e hijos.
Sé que Omega marcó un antes y después en su carrera. Pues en ese disco logró llevar dos pasos más allá las aventuras artísticas realizadas anteriormente por Triana, Camarón, Pata Negra o Kiko Veneno y componer un espejo lo suficientemente profundo y distorsionado como para reflejar fidedignamente las astillas rotas del alma de Lorca. Un logro sin el que no hubiera recibido la admiración de músicos de todos los pelajes que lo buscaron al final de su vida como si fuera un profeta. Un pope vanguardista. Pero, en realidad, creo que Morente era tan grande que su genio nació maduro y que tampoco hay tantas distancias entre su última etapa y la primera.
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