Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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La banda eslovena es en sí misma uno de los mayores homenajes al macarrismo y a la chulería épica. Es una mezcla loca entre Manowar y Ministry. La destrucción artística y la marcialidad militar. La chulería tecnológica y el orgullo patriótico. Para ellos, la música no es un pasatiempo. Es un tótem. Una herida sagrada. Un círculo mágico que los convierte en caballeros templarios. Ciegos defensores de su patria y los campos y bosques que la integran.
Como se comprenderá, por tanto, la mezcla de Nietzsche y Laibach podía haber acabado generando una obra excesiva. Yo imaginaba el disco como un aquelarre kitsch. Un submarino inagotable de exabruptos industriales y gritos animales. Un eructo cósmico extenuante. Y, sin embargo, Laibach -ayudados en este caso concreto por la RTV Solvenia Symphony Orchestra- han creado una obra introspectiva. Una sinfonía moderna y, en cierto sentido, minimalista cuyos ecos de grandeza se encuentran muy contenidos puesto que más que en los aspectos externos y la fiereza del Zaratrusta de Nietzsche, se centran en retratar su mundo interior. En describir por medio de lacerantes sonidos, la grave y sepulcral voz de Milan Fras y la inquietante de Mina Špiler, los recovecos del pensamiento de un libro totalitario y profético. Una de las Biblias eternas del nihilismo y el pensamiento salvaje.
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