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Yescas

Ene 25, 2024 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al primer disco de Tindersticks. El cual recomiendo leer escuchando uno de sus temas: «Whiskey and Water».

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Si tuviera que elegir mis favoritos de entre todos los discos de Tindersticks me quedaría con el primero, (Tindersticks I), luego el segundo (Tindersticks II) y, finalmente, The something rain. Entre los tres creo que existen conexiones íntimas, una lóbrega atmósfera parecida e intenciones similares. Soy de los que adora, por ejemplo, Curtains pero también creo que le sobra demasiada dulzura en forma de instrumentación.

Curtains es un poema otoñal demasiado meditado. Un maravilloso perfume, sí, pero que no posee la espontaneidad o la desolación e intimismo que caracterizan a los tres discos citados. Curtains es un Lp con sabor a tristeza eterna que carece tal vez de la urgencia del primero y el profundo pesimismo del segundo y de The something rain. Una obra esta última que se benefició artísticamente de un período de escasa popularidad de una banda que parecía que no sería capaz de alzar el vuelo nunca más y se dejó el alma en canciones parecidas a secretos y hondos lamentos. Notas a pie de página que parecían clausurar para siempre una aventura que, felizmente, continúa.

En cualquier caso, si tuviera que volver a elegir uno de los tres discos citados, me quedaría con el primero. Sobre todo, porque es el menos perfecto pero también el más abrasivo. Creo que, aunque parezca contradictorio, los Tindersticks mejores, los que se te pegan a la piel, son los más viscerales y urgentes. Eso es lo que más me gusta de esta primera cicatriz. Que se percibe que había una banda detrás que estaba en combustión. Un grupo que grababa temas a contracorriente de la mayoría de estilos musicales de la época (el grunge o el brit pop) y parecía no tener miedo a arder o autodestruirse.

De hecho, Tindersticks I es en cierto sentido un disco suicida. La tristeza quema, las letras queman y los instrumentos queman. La producción  no es perfecta pero eso la hace más real y cruda.  Con el tiempo, Tindersticks pudieron permitirse producciones más apropiadas para su sonido. Se transformaron prácticamente en músicos de cámara. Un grupo que era casi el compendio perfecto entre el primer Scott Walker, el pop francés oscuro a lo Gaingsbourg y Lee Hazelwood. Pero en esta primera herida a esas influencias también había que unir la del Nick Cave más salvaje e incluso la del jazz atonal. Las guitarras de Tindersticks nunca volvieron a sonar tan crujientes y la voz de Stuart A. Staples probablemente mejoró con el tiempo, se profesionalizó, pero nunca volvió a transmitir tanta desolación y, sí, (aunque parezca mentira hablando de la banda inglesa) rabia.

 

En realidad, todo esto tiene su explicación. Si bien amaban ciegamente su arte, ninguno de los músicos de Tindersticks confiaba en que su propuesta tendría una recepción apropiada por parte del público. Pensaban que las radios y revistas musicales los ignorarían. Así que crearon su propio sello y grabaron un disco más o menos compacto en la cocina de Staples. Todos salieron satisfechos de la experiencia pero antes de lanzarlo, la compañía This Way Up les ofreció regrabarlo en unos estudios tradicionales. Pensando que esta sería tal vez la única oportunidad que tendrían de darse a conocer, decidieron registrar todas las composiciones que tenían. No se guardaron ni una sola en el cajón. El primer disco de Tindersticks era, en realidad, su testamento. La carta de un náufrago al mundo. Algo que incide en la amplia duración y la mayor dispersión del Lp si lo comparamos con los posteriores. Tindersticks lo dieron todo y, tal y como se puede corroborar, se dejaron hasta el último aliento. Y eso es precisamente lo que hace a su primera obra tan imperfecta como memorable. Viva, cruda y desnuda en su manera de exponer la tristeza y las relaciones humanas.

Tindersticks posiblemente no han hecho un disco malo. Es uno de los grupos más regulares que conozco. Pero el riesgo de una propuesta como la suya radica en que la afección y la tristeza reiterativas pueden acabar resultando no creíbles. Pueden convertirse en una marca de estilo sin emoción alguna detrás. Eso es lo que yo al menos he percibido en varias de sus obras que, eso sí, tras tres o cuatro escuchas volvían a revelar la belleza y honestidas habituales.

Obviamente, si escojo este álbum es porque no me planteo si la tristeza es real o impostada en ningún momento. No percibo ni un solo artificio. En Tindersticks I la tristeza es real, duele, hiere. Hay algo crudo en cada tema. Algo oscuro. Hay canciones que podrían sonar en el más descarnado filme de Herzog. No desentonarían, por ejemplo, en Stroszek. Otras que suenan a sandwich de tocino y queso abandonado en un bar de mala muerte. Y algunas incluso que hacen pensar en un whisky aguado.

Por así decirlo, en otros discos de Tindersticks escucho un tema y al momento visualizo el elegante videoclip del mismo. Veo imágenes en blanco y negro. Veo a una joven pareja que se separa y camina en dirección contraria. Veo trajes tersos y elegantes vestidos. Veo unos ojos de los que cae una lágrima, un tren, una sala cerrada y a alguien escribiendo una carta. Escucho un tema de los Tindersticks maduros e inmediatamente vislumbro un decorado de una película postromántica. Pero aquí, en esta primera llaga, casi que consigo tocar a un corazón en carne viva llorando desconsolado. Sé que quienes se separan no son actores sino personas reales. Que cada tema del álbum refiere una historia real, de alguien solitario que nunca conoceré.  En otros discos tengo la impresión de que estoy asistiendo a una obra de teatro. Maravillosa, por supuesto, pero obra de teatro al fin y al cabo. Y aquí sin embargo estoy percibiendo un trozo de realidad. Estoy seguro de que los amantes que se separan nunca van a volver a unirse. Que no hay más salida que el divorcio o la ira.

El primer disco de Tindersticks es matador desde la portada. Una de las hermosas estampas de gitanas realizadas por el pintor ilicitano Francisco Rodríguez Sánchez Clement. Tampoco por cierto ninguno de sus dicos posteriores igualaría en capacidad de sugerencia y belleza salvaje esta portada que trasmitía muy bien lo que los oyentes iban a encontrar en su interior: taciturnos temas que eran la viva imagen de la nostalgia del paraíso. Una época en la que los seres humanos se reunían en torno al fuego a danzar y no vivían apartados unos de otros en míseras habitaciones, como describía con sumo encanto esta obra parecida a la caricia de un vagabundo. Shalam

مصيبة الحكماء خير من رخاء السفهاء

La desgracia de los sabios es mejor que la prosperidad de los necios

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…drag queen gitana saludando despues de baile….
    2imagen….mira aqui!…dispara!…(parecera mas natural)….
    3imagen…manchas de cielo(con la ideas «impresionistas»…… ..incluso «geografistas»…jajaj….
    4imagen…. lamento permanente (algo cursilon y anti-intensidad)…..
    5imagen….en america sera otra cosa pero resulta ser lo mismo aunque en la cocina no en el patio de luces comunitario…
    6imagen….drag queen delante del «romy» desmaquillandose….
    PD…https://www.youtube.com/watch?v=J08EA0lKyP8….mejunje liberador top-top-top interpretado en el patio de luces comunitario(strokzec)…..sonrisa….

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Guiño a la portada, Surfer Rosa, de Pixies. Guiño a Sorolla. 2) Cafetería que podría aparecer en Twin Peaks. El color de la fotografía hace pensar en algún filme de Malick. 3) Exacto. Con esas ideas impresionistas geográficas que recuerdan también a Edward Hopper. 4) Antiguos cantantes soul. Imagen en blanco y negro sacada de un teatro francés. Stuart aparece junto a varios crooners negros. 5) Neil Young cansado de la fama yéndose con su mujer con una roulette durante un tiempo. 6) Polvo blanco por la cara. Lavabo y a aguantar como se puede. PD: Siempre genios. Muy Prince de los 9os.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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