La ley, las calles
Dejo a continuación un nuevo videoavería sobre uno de los filmes más sugerentes, poéticos y misteriosos de la historia del cine. Una película...
Un ejemplo es Westworld. Un clásico del cine de ciencia ficción que, teniendo en cuenta que, a pesar de su actual eclosión, la realidad virtual aún se encuentra en sus albores, tal vez con el paso de las décadas sea catalogado de filme costumbrista. Aunque la persecución final del androide encarnado por Yul Brinner a uno de los desacomplejados millonarios que visitan Delos, un delicioso e inquietante parque de atracciones donde se recrean varias épocas históricas, permita catalogarlo ya como un filme de terror. De hecho, si esos últimos minutos hubieran sido rodados por un cineasta con mayor pulso visual y emocional que Crichton podrían haber provocado muchas más tensión que la que de por sí generan. No quiero imaginar por ejemplo qué hubieran hecho el primer Ridley Scott, John Carpenter o Stanley Kubrick con estos mimbres. Hasta dónde habrían llegado para retratar la lucha por la supervivencia en medio de un espectral territorio repleto de sombras imaginarias.
No he visto un solo capítulo de la serie de la HBO basada en la película de Crichton. Pero me parece lógico y celebro su estreno porque Westworld es una obra que ha ido ganando valor con el tiempo. La idea de hecho brotó tras una visita del escritor a Disneyland. Uno de esos espacios generados para producir optimismo y felicidad y devolver a la infancia a sus visitantes que el tiempo ha convertido en sombrías metáforas del capitalismo. Amables y cándidos no-lugares nacidos tras la Segunda Guerra Mundial con el fin de hacer olvidar todo tipo de traumas y conflictos y fomentar la ilusión de consumo infinito que, con el paso de las décadas, se han acabado convirtiendo en oscuros símbolos de una época que intenta evitar el dolor y el sufrimiento a toda costa, genera héroes escapistas y se recrea complaciente y desesperadamente en la evasión.
En realidad, Westworld es una parodia tan intensa y extensa que no deja un solo títere con cabeza. De hecho, me atrevo a sugerir que no sólo realiza una relectura y homenaje del género western al que caricaturiza en todo momento sino que sus alcances son tan amplios que incluso se ríe (más allá obviamente de su voluntad) de películas que todavía no habían aparecido como el mítico Terminator de James Cameron. Pues Westworld es en el fondo una gran carcajada. Una inmensa risotada dedicada a las sociedades modernas y a todos sus iconos, como pone de manifiesto perfectamente la demoledora aparición de Yul Brinner. Una de esas interpretaciones para la historia en la que el actor se chotea de sí mismo y de su papel en Los siete magníficos, y de paso de todos los tipos duros y serial killers que tanto morbo y expectación han provocado en la sociedad norteamericana y tantos réditos económicos han producido en Hollywood. Shalam
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