Sacos de harina
Sacos de harina Alguien me pregunta si he realizado algún avería sobre los célebres pósters de cine realizados en Ghana durante los años 80 y 90. Al...
Otra de las razones que podría explicar el que, por ejemplo, en España no se haya reconocido su talento como artista, podría radicar en su pericia para combinar géneros a primera vista disonantes como la moda, el ballet, la música pop, el teatro y el cine sin excesivos complejos. Su filmografía surge de las contradicciones que comenzaron a forjarse en las sociedades posmodernas con un alto desarrollo industrial a mediados de la década de los 70 de las que estaba apartada en aquellos momentos España. Se forjó en un mundo que no podía ya identificarse con los mensajes de amor lanzados por las hordas hippies en los años 60, lastrado por la incertidumbre de la crisis petrolera, las diferencias entre los bloques capitalista y comunista y necesitado, por tanto, de una nueva manera y estética de pensar y mirar artes como la literatura, el cine o la música pop.
Lo cierto es que, por más sofisticadas que pudieran parecer, las coloridas, iconoclastas y rebeldes creaciones de Jarman eran una manifestación intensa, sensible y, por momentos, dolorosa del dolor, miserias y anhelos del ser humano a lo largo de los tiempos. Únicamente que su acercamiento a estos problemas no fue en absoluto tradicional. Como hemos dicho, el artista británico buscó una nueva mirada y forma de abordar esta temática plenamente contemporánea que lo condujo a explorar múltiples campos artísticos.
Además, Jarman se atrevió a realizar –cuando ya languidecía aquejado de Sida- una radiografía fría y etérea del filósofo que, sin ninguna duda, más ha influido en su obra y puede que en todo el siglo XX, Wittgenstein. No dudó en dejarse guiar por influencias en aquellos tiempos desacreditadas como Fassbinder o Douglas Sirk para construir sus películas a contracorriente y radicalmente personales. Y supo radiografiar con entereza, entre el testimonio personal y documental, la eclosión de la cultura queer. Realizando de paso un veraz autorretrato de sí mismo: una personalidad inteligente y compleja, por momentos, autodestructiva y hedonista, con tintes sadomasoquistas.
No acaban aquí los méritos de la obra de Derek Jarman. Un artista que permitió hacer más comprensible y digerible el talento de Tony Richardson y de, por supuesto, Ken Russell. Un cineasta este último bastante devaluado por intentar mezclar de manera confusa géneros tradicionalmente antagónicos como la ópera y el rock que, sin embargo, Jarman sí que supo conjugar e integrar de manera magnífica en su obra. Haciendo un tratamiento minimalista de las facetas pop para adaptarlas al espectáculo intenso y grandilocuente operístico con una inteligencia y sensibilidad radicalmente modernas (véase War Réquiem con la participación de un resucitado Lawrence Olivier).
Dejando de lado las polémicas sobre su opción sexual -desgraciadamente, lo único que en profundidad conocen muchas personas de este autor en España- lo cierto es que la obra de Jarman está necesitada de un estudio pausado que sepa delimitar sus influencias, verdaderos logros y la huella que ha dejado en el arte contemporáneo. Pero mientras ese estudio llega, creo que es necesario poner de nuevo de manifiesto tanto su talento como las dimensiones poéticas de su obra.
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