Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Averías populares
Midsommar: De Midsommar me sobra la primera media hora. Prácticamente los primeros 45 minutos. Me parece que están muy mal explicadas y justificadas las razones por las que unos jóvenes estudiantes norteamericanos viajan a un pueblo sueco. De manera confusa y banal. En cuanto a su estancia en el entorno rural donde se desarrollarán los intensos y violentos rituales paganos percibo varias inconsistencias en el guión. Pero he de reconocer que, no por previsible, todo aquello que ocurre en la comunidad sí se encuentra muy bien trabado y termina por inquietar. De hecho, hay varias escenas que se me han quedado grabadas en la memoria haciéndome reflexionar sobre las imágenes de un filme que considero bastante mejor que Hereditary. Tanto que tengo bastante deseos de ver la versión original ideada por Ari Aster pues entiendo que tal vez corrija la irregularidades que posee su más que interesante obra. Un zumo agrio lleno de sangre inocente destinada a honrar la memoria de ancestrales e ignotas divinidades vikingas ávidas de sacrificios.
Lost soul: soy de los que disfrutan rastreando anécdotas sobre rodajes cinematográficos fallidos. Odiseas que terminaron en esperpentos creativos. Locuras absolutas. Y en este sentido, el documental realizado por David Gregory sobre la fallida adaptación llevada a cabo por Richard Stanley de La isla del Dr. Moreau (y finalmente realizada por John Frankenheimer) en la selva australiana es una verdadera golosina.
Suspiria: el problema de la adaptación realizada por Luca Guadanigno del clásico de Dario Argento radica en que desvela demasiado y se pasa de manierista. Todo lo que en la versión anterior era sugerencia y ambigüedad, aquí es bastante explícito. Indudablemente, la adaptación posee momentos sobresalientes. Se atreve ir más allá de la canonizada. Pero, a pesar de que profundiza en sus aspectos sombríos y truculentos, es más superficial que la obra maestra del Giallo. Porque, en vez de penetrar por sus recovecos y flecos ocultos, lo que hace es abrir de par en par las habitaciones de una academia de baile que ni siquiera en la mítica, intensa y emocionante escena final del filme clásico quedaban totalmente al descubierto.
Once upon a time in Hollywood: amo a Tarantino. Me gusta Tarantino. Disfruto del cine de Tarantino. No tengo nada en contra del cine de Tarantino. Podría dedicarle sin ningún problemas más averías de las dos que ya he urdido en su honor. Los odiosos ocho me pareció una obra maestra. Django desencadenado era sumamente disfrutable. Una gozada. Y esperaba por tanto lo mejor de su nueva hamburguesa. Su nuevo viaje en Porsche. Sin embargo, no he disfrutado del todo con su homenaje a los 60. Únicamente lo he hecho con detalles. Con momentos. El final desde luego me encanta. Me parece soberbio. Los gritos de una de las ariscas asesinas de la tropa de Charlie Manson en la piscina son geniales. Son intensos. Son épicos. También las apariciones del perro que acompaña al personaje interpretado por Brad Pitt. Obviamente, amo la banda sonora y el entrañable diálogo entre DiCaprio y una niña en medio del rodaje de un western así como cualquiera de las escenas que hacen referencia al mítico cine de acción del pasado. Pero me sobra prácticamente toda la secuencia emplazada en el desierto de California o la consagrada a la desmitificación de Bruce Lee.
Vinyam: Vinyam es como un cruce entre Desaparecido y Apocalipsis now en medio de Tailandia. La película está llena de tópicos y sin embargo, funciona. Tal vez porque Fabrice Du Welz es capaz de retratar la desesperación de una madre y su correspondiente pareja por la pérdida de un hijo tras un tsunami y retratar la fantasmagórica y espeluznante atmósfera de una selva irreal. Parecida a un insecto sombrío. A los pies de una babosa o a las antenas de una mosca.
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