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Un genio al que le gustaba sonreír

Jun 25, 2025 | 2 Comentarios

La palabra genio suele ser utilizada muy alegremente. Demasiado. Sin embargo, a Brian Wilson no le quedaba precisamente grande. Es de los escasos músicos a los que el apelativo le encajaba como el guante y me atrevería a decir que incluso le venía corto. Al fin y al cabo, tenía alma de profeta artístico y de místico sinfónico. Fue capaz de convertir el pop en burbujas, en una incomparable montaña rusa de sonidos.

Su muerte, sin embargo, no me ha sobrecogido porque, si he de ser sincero no tenía claro si Brian estaba muerto o vivo. Crecí leyendo sobre sus perennes, crónicos problemas de salud mental y acerca de sus conflictiva relación con el psicólogo Eugene Landy. Algo así como el Doctor Infierno de la vida de Wilson. Un señor -al que ahora me doy cuenta- que nunca vi el rostro pero me lo puedo imaginar perfectamente salivando de felicidad al ver a sus pacientes caminando sin voluntad en cualquier escena de Alguien voló sobre el nido del cuco. También, claro, negociando con compañías y representantes los beneficios de la obra de Wilson. Asi que, por lo que a mí respecta, Brian se encontraba en el limbo. En un irreal paraíso en el que lo mismo podía pasar por un espíritu vivo que por uno muerto. Sus discos eran inmortales pero él era tan frágil que parecía imposible que continuara en pie. Yo creía que el mundo del pop se había despedido de él hace mucho tiempo. Un poco como le ocurrió a Antonio Vega. Recuerdo ver un concierto del guitarrista en el 93 junto a un amigo que me aseguraba que lo más probable es que no pasara de ese año. Que el músico madrileño no se comería el turrón.

En fin. Brian Wilson fue una víctima involuntaria de su talento y de un padre tiránico. Un déspota que casi acabó con uno de sus oídos y lo convirtió en un ser inseguro que escuchaba voces disformes en cualquier momento y tenía que hacer un esfuerzo para realizar las tareas cotidianas. Ese aspecto de su personalidad contrastaba (o más bien se complementaba) con sus alunizajes submarinos por el mundo de la música. Experimentos tan psicóticos y alocados, tan delirantes y al tiempo tan ocurrentes, que convertían en juego de niños a muchas de las obras vanguardistas de la época. Lo mismo se le ocurría grabar a cabras balando en una iglesia que arrojaba un piano al agua y se ponía a tocar junto a un micrófono impermeable. Ok. Esto me lo acabo de inventar pero cualquiera que conozca a Brian sabrá que perfectamente podría ser real y que muchas de sus geniales locuras superaron en mucho a estas anécdotas. Brian no se conformaba con tocar música. Quería convertirla en plastilina, en LSD. En sus manos los acordes se reblandecían como la gelatina, se transformaban en espíritus que iban y venían.

Sin Brian Wilson, The Beach Boys hubieran sido una excelente banda de surf rock. Con el tiempo hubieran sido unos buenos versionadores de clásicos y probablemente habrían fusionado el rythm&blues con el pop sureño. Pero nunca hubieran llegado a ningún castillo ni cruzado océanos musicales que hasta la aparición de Brian Wilson parecían intransitables. Wilson no tocaba el piano. Volaba con el piano. Lo convertía en una cucaracha, en un dibujo animado o un chiste lioso propio de un cuelgue de marihuana.

Brian Wilson escuchaba literalmente voces en su cabeza. La mezcla de todas ellas casi acaba con su cordura pero, a la vez, le sirvió para transformar la música pop en una coral psicodélica, en un fluido maremagnum de estilos que enmudeció en su momento a The Beatles y a los Stones los convirtió inmediatamente en un grupo primitivo cuando Richards, Jagger y compañía se encontraban aún en sus años juveniles. Pet Sounds no fue un disco. Fue mucho más. Fue una iglesia marciana, una seta alucinógena en la que había una cocina donde se llevaban a a cabo todo tipo de jugosos experimentos. Había canciones de Pet Sounds que parecían una mezcla de mermelada, miel, queso de cabra, unas gotas de agua de mar y varias briznas de hierba. Había fantasía de tal calibre que uno podía imaginarse perfectamente escuchando el disco junto a una cebra risueña haciendo ojitos a varios elefantes voladores cada vez que sonaba una canción.

Yo tan sólo vi en directo a Brian Wilson una vez en mi vida. Fue en el Poble Español de Barcelona. Año 2005. Una maravilla. Un concierto tan irresistible que no parecía real. Aquella tarde Brian demostró que con un piano y una voz era capaz de convocar melodías solares y primaverales de una belleza y un ritmo sin igual. Muchas décadas antes, con The Beach Boys, había demostrado que el pop era un bebé con mucho que desarrollar y experimentar.

Probablemente, repito, Wilson no habría llegado tan lejos sin su enfermedad mental y sus problemas personales. Hay algo, por ejemplo, en las canciones de Smiley y Pet Sounds que huele a autismo y monólogo, a soledad abusiva, a un dolor intenso que, no obstante, por arte de los artificios del pop acababa degenerando en sonidos inesperados, movedizos, frágiles. Sonidos llenos de colores que iban más allá de los obtenidos por impresionistas como Debussy porque Brian Wilson dibujaba formas, figuras con cada una de sus canciones. Transformó el pop en una cámara de eco de múltiples galaxias y Universos.

Brian Wilson fue el primero en convertir las canciones radiables en psicofonías líricas y hacer que el azul del cielo se transformara en arco iris. El surf no iba, por ejemplo, con él pero fue capaz de transmitir como nadie el sonido lejano y el movimiento oscilante de las olas en muchas de sus canciones. También la diversión de los jóvenes. Algo que siempre hacía con explosivas y cambiantes melodías que perdían su rumbo y aligeraban su velocidad y tono en muchos momentos como si fueran cohetes perdidos. Cuando Wilson dedicaba una oda al amor no sólo experimentábamos las caricias que se daban los enamorados sino a la flecha de Cupido atravesando sus cuerpos. Hay canciones de amor de Wilson que parecen vuelos angélicos. También, claro, viajes astrales y sueños. Y en muchos casos, todo a la vez.

Wilson fue sin dudas un artista caleidoscópico. Un tipo que convirtió los estudios de grabación en granjas y arroyos. Alguien que siempre, aunque estuviera hundido, hablaba de horizontes y de montañas. Todo lo que hacía remitía a una California dorada surgida de una película o de un sueño. Una California idealizada que se convertía en un Aleph a través del que se podía vislumbrar el Universo entero. Wilson fue tal vez el primer músico en acercarse a la canción pop como si fuera un compositor de música clásica. Llegó, por supuesto, más lejos que George Gershwin. Llegó, de hecho, a tal extremo de perfección que, por momentos, sus canciones parecían sinfonías orquestales que lo mismo podían sonar en una noche de juerga en una playa que en el espacio o en una feria de atracciones procedente de La dimensión desconocida.

El mérito de Wilson fue convertir su viaje íntimo e interior en colectivo y exterior. Transformar las torturas de su espíritu en disgregados lienzos sonoros. Cuando escuchamos los grandes discos de Beach Boys penetramos en las intimidades del alma de Wilson y en su psique pero también en el alma del mundo y de una época y me atrevería a decir que, a su vez, en la psique de Dios. Todo eso lo consiguió Brian con una depresión de caballo, sufriendo todo tipo de dolencias y malestares. Prueba irrefutable de que cuando un artista no sólo tiene talento sino que es tan sensible que raya la enfermedad, todo es posible.

Creo que eso es lo que destacaría en resumidas cuentas de Wilson. Que nos demostró que todo era posible sin dejar de hacernos bailar y pensar. Sus canciones eran viajes. Si alguien quiere saber lo que es el LSD no necesita probarlo. Le basta caminar por un bosque a media tarde escuchando cualquiera de las grandes epopeyas lisérgicas de uno de los aventureros del pop. Un tipo tan genial y al mismo tiempo tan discreto que yo al menos ya no sabía si estaba muerto y vivo y no me importaba porque su lugar desde hacía mucho tiempo era la eternidad. Todos los dibujos animados y también todas las olas del mar remiten, de hecho, a las canciones de Beach Boys y a Brian Wilson. Un señor que volaba en cohete cuando The Beatles  lo hacían en avión y que perdió su cabeza en las estrellas justo cuando medio mundo volvía a mirar a La Tierra tras el fiasco del desembarco en la luna. Shalam

لا يكره الإنسان وهو يحتقر، إنما يكره فقط نظيره أو من يفوقه.

No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que al igual o al superior

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…despues de un baño viene bien una de armonias vocales (bastantes cerca de los gregorianos)…..
    2imagen….me he comprado una camiseta floral y horteroide una para mi y otra para mi hermano (en el mercadillo del miercoles)…
    igual diseño pero con fondo de diferente color…..
    3imagen….si lo reconozco como bollos y magdalenas rellenas de chocolate(falta la de perfil)……
    4imagen….un colgado vacilon (le vacile a los mismisimos the beatles)……
    PD…imposible falsete (barry gibb), eso dice el sonrisas surfin´ brian wilson nunca os acercareis a mi armonias vocales….
    https://www.youtube.com/watch?v=aTI2SKJYFJc&list=RDO1_b6GdrjNI&index=7

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    • Alejandro Hermosilla

      1) «Convirtió el canto gregoriano en canto psicodélico». Buen epitafio para la tumba de Brian Wilson. 2) corte de pelo y camisa floral. Monaguillo hippy de la era pop. 3) Me gustaría presentarme a una película de detectives de Hollywood. Comienzo a hacer pruebas de fotografías. Veo que no doy el tipo ni de polis ni de cacos. 4) Yo era mejor que Jerry Lee Lewis. Lo desafío a un duelo de creatividad. PD: Es una gran idea comparar a Bee Gees con Beach Boys. En gran medida, los unos son una evolución de otros. También muy eclesiásticos. Muy corales pero claro, maś soul.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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