AVERÍA DE POLLOS: Inicio E Música E Somos alquimistas. Sobre todo, electricistas.

Somos alquimistas. Sobre todo, electricistas.

Abr 28, 2026 | 0 Comentarios

Aunque Fangoria es, sin duda, uno de los referentes más icónicos de la cultura pop española, resulta un tanto difícil hablar de ellos: para bien y para mal, Olvido Gara (Alaska) y Nacho Canut siempre han sido imprevisibles. Hace tiempo, por ejemplo, que no graban un álbum redondo, fascinante ni con la capacidad de hechizar al oyente. Es extraño tratándose de una pareja que convirtió la sorpresa y la experimentación —durante años— en costumbre. Pero, ¿qué más da? Supongo que, a estas alturas, pedirle a Fangoria algo más que un puñado de canciones bailables y dignas es tan quimérico como exigirle a AC/DC que grabe un álbum tan vivo como los seis o siete primeros que publicaron.

Para bien o para mal, Fangoria ya tienen su fórmula, tienen sus fans —que llenarán sus conciertos— y han logrado un nombre y un prestigio en el mundo de la música que no van a perder, por más que sus últimas propuestas estén muy lejos de aquellas obras sugerentes con las que emprendieron su ruta por el mundo del baile: Salto mortal, Un día cualquiera en Vulcano, Una temporada en el infierno y Naturaleza muerta. Cuatro álbumes distintos, sugerentes, llenos de misterio, repletos de matices y búsquedas que terminaban hipnotizando a quien accedía a ellos con cierto escepticismo o por pura curiosidad. Cuatro álbumes que estaban en la vanguardia del pop radiable, se aventuraban por territorios desconocidos, experimentaban con los sonidos y estaban llenos de canciones que eran, en cierto sentido, lugares mentales, viajes interiores. Una delicia alquímica. Un sueño erótico. «Hoy hay luna llena y un hombre camina por ella» ¡Que alguien mejore una frase como esa en el pop español.

Tal vez, apurando un poco más, podríamos incluir entre lo más destacable de Fangoria el quinto LP que publicaron: Arquitectura Efímera. Aunque, para ser sinceros, me parece que ese álbum marca el inicio del fin de la aventura sonora de la banda y el comienzo de su transformación en un grupo estereotipado que, en gran medida, tira de piloto automático para seguir avanzando.

¡A ver! No quiero sonar como un crítico avinagrado. Ante todo, soy un apasionado de la música. Fangoria siempre me provocaron interés. Recuerdo un verano en el que no hubo día que no escuchara Una temporada en el infierno. Un disco mágico en el que condujeron su sonido e ideas al cénit provocando estupor y asombro. No había nadie como ellos en esos momentos dentro del pop español. Pero no estoy ciego ni, por ahora, sordo. Creo saber cuándo me encuentro ante un álbum que, aunque sea imperfecto, explora nuevas rutas (caso de Salto mortal) y otro que, por más que parezca perfecto, solo repite fórmulas (caso de Absolutamente). Ser fan no debería estar reñido con cierta exigencia. Olvido y Nacho son iconos de la cultura pop y, de ahí, nadie los va a mover en lo que les resta de vida, aunque grabaran (que no es el caso) discos infumables. Pero los que hemos crecido con ellos y los admiramos, deberíamos exigirles más.

En fin. Supongo que habrá quedado más o menos claro mi opinión sobre Fangoria. Los cuatro o cinco primeros discos me parecen maravillas, (distintas, muy distintas a las de los Pegamoides o Dinarama) pero igualmente disfrutables. Pero, a partir del quinto y sexto disco, Fangoria se convirtieron en un grupo previsible. Los primeros Fangoria estaban en un limbo creativo que los hacía irresistibles, incluso peligrosos. Lo mismo miraban al acid house, al trance y a New Order que a The Orb, al ambient, a Parálisis Permanente y a toda la subcultura pop y de club. Los Fangoria posteriores, sin embargo, parecen tener en mente más a Rocío Jurado, Pantoja o Rafael que a otro tipo de héroes pop.

Obviamente, cuando me refiero a Jurado o a Rafael no estoy diciendo que Fangoria imiten su estilo. Más bien que los toman como referentes sin dejar de lado tampoco a Depeche Mode y los sintetizadores y de esa mezcla, surgen las canciones.

Los últimos Fangoria son más parecidos a Camela que a New Order. Son más un grupo de gasolinera —para escuchar haciendo un viaje en coche o antes de salir de fiesta— que una banda para descubrir sonidos. Son más un grupo de himnos cabareteros, travestis, horteras y glam que una banda que trabaje texturas sonoras y que se empeñe en ahondar por territorios desconocidos. Tampoco, claro, es necesario a estas alturas. Aunque un poco más de interés se agradecería, teniendo en cuenta quiénes son.

Los últimos Fangoria parecen aspirar a salir en la televisión en un programa de sábado noche y prologar un concurso de Eurovision y los primeros Fangoria, sin desdeñar esos logros, apuntaban también a lo imprevisible, a caminos sinuosos. Los últimos Fangoria están más cerca de Camilo Sesto que del jungle o de las sutilezas ambiguas de los primeros Pet Shop Boys. Algunos de sus discos podrían definirse como una mezcla entre Rocío Jurado, Killer Barbies, bombos y sintetizadores. Música que suena a fiesta pero, en realidad, está hecha para escuchar cuando termina la fiesta. Huele tanto a artificio que es incluso demasiado artificial. Sólo hay, por ejemplo, que atender a las letras de sus últimos hits. Casi un remedo kitsch de las de Dinarama y los primeros Fangoria. Una mezcla de celos, pasión, despecho y venganzas amorosas que, como he leído en Jenesaispop, podría haber perfectamente escrito una IA en caso de programarla para que realizara una canción en plan Fangoria: «trance-pop petardo con ínfulas intelectuales».

Dicho esto, nada ni nadie podrá borrar la leyenda casi artúrica de Nacho y Olvido. Cuando nadie lo esperaba y eran unas leyendas vivas del pop español se atrevieron a dar un salto al vacío, (casi pasar al anonimato), y grabar dos discos (Salto mortal y Un día cualquiera en Vulcano) que casi nadie entendió, pero que hicieron por instinto, siguiendo sus gustos e intuiciones de alquimistas. Lograron reinventarse cuando parecía imposible y dejar de lado a un genio como Carlos Berlanga sin autodestruirse. Fueron capaces de transformar los guiños irónicos de sus años más juveniles en íntimos himnos pop que celebraban el desencanto de la vida adulta con elegancia. Exploraron nuevos rincones anímicos y sonoros sin dejar de celebrar ni realizar guiños a los «diferentes».

Consiguieron hacer, además, algo que parecía imposible: homenajear, mezclar y, a la vez, parodiar dos mundos tan diferentes como la copla y el mundo queer jugando con el kitsch para crear un mundo en el que lo frívolo alcanzaba una trascendencia nunca vista. Logrando hacer del melodrama himno, del cliché bandera y de cualquier rincón de la sociedad, una pista de baile. Asimismo, como buenos fans de Warhol, convirtieron el puro teatro en pose natural y labraron su propio camino en un mundo de tendencias y modas moldeables y solubles que se disolvían como azucarillos en el tiempo.

Fangoria eran pop. Eran fugaces pero, como Dinarama y los Pegamoides, siempre tuvieron algo de eternos. Cuando cantaban, por ejemplo, sobre la Disneylandia del amor, no parecía que lo hacían sobre algo pasajero sino sobre un mito ancestral; y cuando hablaban del placer, lo hacían como si estuviéramos ante un proceso sagrado, casi místico.

Por otro lado, Olvido, con el tiempo, ha mejorado muchísimo como cantante. Un caso único que me recuerda al de Mick Jagger: alguien con una voz inimitable y personal. Nadie puede pronunciar ciertas letras como ella. Otras cantantes probablemente sean mejores técnicamente, pero suenan realmente ridículas y poco convincentes cuando hablan de celos y amor. Olvido suena majestuosa y crea expectación en cada una de las palabras que pronuncia. Te la crees, sí o sí, aunque hable de relaciones amorosas y rivalidades más propias de Falcon Crest o de una novela nibelunga que de la vida cotidiana. Joder. Alaska es capaz de entonar un tema protagonizado por una ama de casa aburrida que se enamora de un desconocido como si fuera una novela de caballería. Algo que nadie ha logrado, al menos en el pop español, con tanta contundencia y belleza.

En fin, nadie dentro del pop, han comprendido, como lo han hecho Fangoria, que el pop es máscara ni tampoco recuerdo a nadie que haya sido capaz de convertir la música de consumo en teatro y ritual. Por encima de todo, queda la impresión de encontrarnos ante una aventura inusual. La de unos músicos que han celebrado el artificio con una autenticidad voraz y han hecho del despecho de telenovela sintonía generacional, transformando las pistas de baile en desprejuiciado refugio para descastados, travestis, románticos y chismosos del pop.

Nadie, de hecho, ha celebrado el artificio con tanta verdad ni ha hecho del dolor cotidiano una virtud bailable con tantas resonancias y tan escasos prejuicios. Si los mejores discos de Fangoria son pura alquimia, relatos incontenibles y misteriosos sobre personalidades fascinantes, y sus últimos álbumes a veces se repiten, tal vez sea porque, posiblemente, como todo icono pop, Olvido y Nacho también estaban condenados a balancearse entre el riesgo y la autoparodia, el destello y la costumbre. Y sin embargo, ahí siguen: eternos, mutantes, a veces irrelevantes, a veces únicos, siempre capaces de recordarnos que en España no hay otro grupo que haya hecho del placer clandestino y del estribillo desafiante una religión compartida. Shalam

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¿Quién necesita la tv cuando tiene T.Rex?

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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