La noche de los zombis
Dejo a continuación un avería dedicado al memorable concierto que Fabio Frizzi y su banda dieron en Murcia hace aproximadamente una semana en la...
A Francisco Rabal le sentaba tan bien un traje caro como un gabán de vagabundo. Aunque realmente, costaba imaginárselo demasiado tiempo guarecido en su hogar porque era un hombre de la calle. Un actor instintivo. Su lugar estaba en las barras de los bares, los túneles de un ruedo o el centro de una feria. No en vano, era hijo de un minero y una molinera y de niño se vio obligado a emigrar a Madrid. Ciudad de la que tendría que partir forzosamente en medio de los bombardeos provocados por la Guerra civil. Un enfrentamiento fratricida que dejó cicatrices imborrables en su alma pero que, debido a su temperamento pasional y su visceral personalidad, no lo traumatizó sino que lo hizo probablemente más consciente de la frágil y estúpida condición humana y de la necesidad de vivir la vida al límite y en lo posible, sin rencores. Algo lógico porque, ante todo, era un hombre inteligente. Alguien al que el adjetivo grande se le ajustaba como un guante. Un hombre culto y humilde a la vez. Un patriarca pícaro, libre y vividor que no cesaba de trabajar, transmitía una sabiduría de siglos con su mirada y transformaba en rezo, cada verso que leía de un poeta español.
Paco Rabal legó tantas interpretaciones memorables que me parece innecesario rememorarlas. Aunque sí me gustaría señalar que sus intervenciones no es que hicieran creíble las películas en las que apareció sino que, más bien, las hizo verdaderas. Su mérito fue contribuir a convertir la pantalla de cine en la realidad pues no había separación entre él y su papel. Dos palabras suyas bastaban para pegar al espectador en sus asientos. Situarlo en un pueblo perdido manchego, la cruda y perversa realidad de un prostíbulo o en un monasterio ascético. Al fin y al cabo, llevaba en sus labios el sabor a aceite de oliva de la tierra española, en su tez el aroma de un pan tierno y en sus manos rugosas, piedras negras procedentes de uno de aquellos valles por los que Sancho Panza montó a su burro. Y su personalidad era tan arrolladora que, con un vistazo de sus ojos tristes, un capón y un sermón de tan sólo unos segundos -«Así que el niño quiere ser independiente. ¿No te das cuenta, Pepe, que te están engañando como un tonto; que vas a traicionar a tus hermanos?»- le bastaría para frenar el ímpetu de cualquiera de los cegados independentistas empeñados en partir y destruir de nuevo su España por un puñado de monedas. Esa España cuya gloria, hechos trágicos, sufrimientos, saber vivir y contradicciones llevaba inscrita como un sello en su mirada. Shalam
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