Los dos mundos
Hoy paseaba por la playa, frente a la hilera acostumbrada de trajes de baño, surfistas y rayos de sol, y no he podido evitar hacerme una de esas...
No estoy seguro, sin embargo, de que la marabunta de bandas tributo que pueblan el mundo actualmente sean capaces de conseguir ese logro que hace grande al arte. Más bien, creo que el actual boom de este fenómeno cultural tiene que ver con el miedo a la muerte.
Las bandas tributo viven de las sobras del capitalismo. Son la manifestación más evidente de que el capitalismo genera clones y clases socio-artísticas. Y de que la originalidad, lejos de perder valor, cada vez se encuentra más entronizada. Puesto que una banda tributo es una postración. Un sometimiento voluntario a la grandeza, al líder. Un intento -repito- de continuar siendo vírgenes o de experimentar aquello que no se vivió. Son el último caramelo que ofrece el capitalismo a sus súbditos, creándoles la ilusión de que pueden, aunque sea de segunda mano, aspirar a todo: por ejemplo, contemplar un directo de esa banda cuyos componentes murieron, esa otra que jamás vendrá a su ciudad o aquella que desearían volver a ver cada mes. Un reciclaje y copy & past de enormes dimensiones bastante logrado y eficiente. Algo lógico, teniendo en cuenta que las bandas tributo no son tanto una manifestación de decadencia del capitalismo como de poderío. Son una evidencia de que los tentáculos del mundo industrial llegan a todo y están en todo y de que a sus ojos no se les escapa (ni oculta) nada.
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