Ocaso sacro
La cultura está llena de lugares comunes y tópicos. Entre otros por ejemplo aquel que dice que Wolfgang Amadeus Mozart es el mayor genio de la...
Gabinete eran una banda seria. No vivían de su imagen sino de la música. Transmitían autenticidad. La sensación de encontrarse más preocupados por las canciones que componían y el desarrollo del rock que por las groupies, el dinero, la fama y las fiestas. Y además, estaban enamorados de su patria. De una herencia cultura que pervivía no únicamente en las novelas de Camilo José Cela o Francisco Umbral o en las películas de Juan Antonio Bárdem y Fernando Fernán Gómez sino, ante todo, en las calles. En esos bares donde se mezclaban banderines del Atlético de Madrid, el Real Betis y la Real Sociedad con afiches de corridas llevadas a cabo por Rafael de Paula o El Cordobés y no había a nadie al que se le ocurriera tomar una tapa de tortilla de patatas o jamón sin acompañarla de una bebida alcohólica o que protestara por el humo de los cigarrillos o el volumen al que sonaba la radio.
Obviamente, un grupo no sólo se sostiene de convicciones sino, ante todo, de canciones. Y a este respecto, hay que reconocer que Gabinete compuso varias de las mejores de su época y posiblemente, del siglo pasado. En concreto, tres: «Cuatro Rosas«, «Al calor del amor en un bar» y «Camino Soria». Tres clásicos instantáneos que consiguen detener el tiempo allí donde son entonados. De hecho, estoy seguro de que «Cuatro rosas» habrá sonado (y sonará) como sintonía de centenares de declaraciones de amor. «Al calor del amor en un bar», como jocosa melodía para cerrar garitos y hacer sentir los latidos de la noche. Y «Camino Soria» habrá alumbrado unas cuantas vocaciones poéticas y viajes al norte de España. Aunque, en realidad, los seis primeros discos de la banda madrileña son tan regulares como densos. Son casi marciales estandartes del rock español. Otoñales, nostálgicas remembranzas de un tiempo que se fue y hedonistas odas a una vida que sólo se vive una vez y es mucho mejor experimentar sin pensar en la penas y con un whisky en las manos que lamentando las ocasiones perdidas o con la queja como saludo de buenos días.
Gabinete eran neuróticos. Estaban enamorados de una postal de España que recreaban constantemente en discos tan nostálgicos como instantáneos. Duraderos y momentáneos. Sus canciones rememoraban aquellos tiempos en los que la elegancia no era un placer sino un arte y un ideal. En los que un traje fino, una camisa bien planchada, una corbata y unos zapatos limpios eran la mejor presentación de un hombre y las mujeres eran damas. Señoras que respondían a las insinuaciones y piropos con silencios duros y fríos o sonrisas veladas que escondían los secretos de corazones parecidos a incendios cuya llave no se abría sino tras semanas de cortejo. Y por ello, no es nada extraño que su ocaso comenzara justo en los comienzos de la década de los 90. Una era en la que la frivolidad consumista hizo furor en España y se produjeron todo tipo de atentados culturales contra las tradiciones y costumbres hispanas que condenaron a Gabinete Caligari a un lugar en ninguna parte.
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