Adolescentes salvajes
Siempre hubo algo adolescente en The Replacements. Su actitud nunca fue del todo profesional. Llevaron al límite las reglas no escritas del rock....
De entre todos sus discos, yo prefiero El salmón. Sobre todo, porque creo que refleja exactamente su personalidad. Es una obra excesiva, inmensa, intensa, deslavazada, febril, rotunda e irregular. Por momentos insufrible y por momentos extraordinaria. Un conjunto de canciones casi inabarcable e imprevisible lleno de salpicones de reggae, rock canalla, blues, tango, épica poética, ácidas, esquizofrénicas versiones de clásicos y hasta techno ochentero y vacilón. Una faena digna de alguien que estaba más fuera de la realidad que dentro cuando la grabó. Vivía encerrado entre cuatro paredes, casi como un prisionero o un vampiro, sin ver la luz del sol y con serio peligro de saltar por los aires si alguien le escondía una guitarra o su cuatro pistas.
Obviamente, el gran problema de Calamaro siempre ha sido intentar canalizar su ingente creatividad. Controlar su magnética personalidad. Su intenso amor por los abismos del rock: las drogas y las mujeres. Dos vicios que él ha convertido en delirios. Y lo han llevado a protagonizar los accidentes y escándalos más sonoros de su vida. De los que, por otra parte, ha salido reforzado. Pues si alguien ha querido ser una rock star en el aburrido panorama del rock español actual y ha sabido asumir lo que supone serlo, ha sido él.
Calamaro es un personaje entrañable. Nadie quisiera ser su amigo para no tener que enfrentarse a sus constantes neuras, pero todos quisieran conocerlo. Tomar un trago con él en un bar cualquiera a mitad de semana. Porque es uno de esos escasos músicos que se ha creído y experimentado punto por punto los mandamientos de la biblia rockera y además, los ha enaltecido. Tanto que hubo un momento hace unos años que el rock en español estaba dividido en dos líneas claras: el planeta Calamaro y el resto. Porque Andrés no era capaz solamente de componer impresionantes y pegadizos singles sino de tocar todos los palos posibles. Lo mismo remitía a Spinetta y a Charly García que a Jaime Urrutia. Lo mismo se convertía en un esquizofrénico crooner que parecía al borde de un ataque de nervios, un monstruo rabioso que pedía justicia y exigía paz y era capaz de violentar sus letras y garganta al máximo, que se convertía en un adusto y serio cantante. Un hombre maduro, reposado y solitario cuyo mesurado comportamiento era ideal para rememorar viejas andanzas de gauchos y peleas a cuchillo en las esquinas de un Buenos Aires de fábula. Otro más, en todo caso, de los innumerables disfraces de un artista cuya voz rasgada aún continúa cortando el aire al surgir de sus entrañas. Y, desde luego, sigue siendo capaz de lo mejor y lo peor. Requisitos imprescindibles para lograr que el rock continúe vivo. Un estilo que para seguir respirando necesita precisamente de descaro y rebeldía. De artistas como Calamaro que han hecho de su guitarra una metralleta con la que asesinar el aburrimiento. Shalam
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