Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Por el contrario, Tiburón -hablo de la película y no de la novela- se desarrolla en un pueblo pesquero. En una especie de Arcadia. Y nadie tiene especial inquina al escualo. Nadie lo desafía. Más bien, es la sociedad de bienestar la que es puesta en peligro por su presencia. En Tiburón no hay locos. Hay héroes y pillos. Empresarios cobardes y hombres responsables. Pero casi no hay locura. El filme de Spielberg muestra una sociedad tranquila y aposentada que ha conquistado sus límites. Una población que, gracias a la tecnología y las guerras ganadas, ha dejado a dios de lado hace mucho tiempo. Aspira a sustentarse a sí misma sin contar con la naturaleza. Y el monstruo es la amenaza a toda esa tranquilidad. Es la venganza divina contra el deseo de superioridad del capitalismo. Lo «imprevisible» rompiendo el comercio y los límites conquistados.
El capitán Ahab era un profeta loco e histérico que luchaba por acabar para siempre con los peligros naturales. Controlar el mundo. Era el conquistador total. El hombre que aspiraba al dominio absoluto. Y en gran medida, la Norteamérica donde se desarrolla Tiburón era una respuesta y resultado de ese deseo. Por eso, en Moby Dick se buscaba exterminar el mal. Y en Tiburón, controlarlo. Alejarlo. Mantenerlo a distancia. En los «lados ocultos». Y por eso, probablemente también la película terminaba con un final feliz y no así la novela de Melville. Porque el novelista norteamericano vislumbraba esa ambición como un ocaso que anunciaba el fin del mundo. La apertura de una Caja de Pandora llena de futuros monstruos en forma de tanques, bombas y guerras mundiales. Y por el contrario, Spielberg vislumbraba el dominio del mundo natural como una consecuencia lógica del avance tecnológico. Con total normalidad. Y trataba al monstruo como un «accidente».
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