AVERÍA DE POLLOS: Inicio E Cine E Sonny Boy (1)

Sonny Boy (1)

Mar 11, 2026 | 2 Comentarios

Después de leer una biografía tan intensa y llena de hitos y momentos memorables como la de Marlon Brando, resulta difícil encontrar una que pueda satisfacernos completamente. Hace unas horas terminé, por ejemplo, de leer la de Al Pacino, Sonny Boy, y aunque, por supuesto, la he disfrutado mucho, me ha dejado un tanto vacío. No por Pacino, sino por Brando. Porque incluso un personaje tan carismático como Pacino palidece ante un monstruo como Brando. Un huracán, una fuerza de la naturaleza que, no en vano, era considerado por el propio Pacino como el patriarca de los grandes actores de su época.

Obviamente, eso no significa, insisto, que el libro del actor italoamericano carezca de interés. Eso es imposible; tratándose de un tipo tan interesante y con una vida tan extravagante y llena de altibajos como la de Al Pacino. De hecho, está llena de momentos reveladores que ayudan a comprender mejor la naturaleza de sus furibundas interpretaciones, en los que intentaré ahondar en este y próximos averías. ¡Ahí voy!

Sonny Boy (1)

Hay algo que siempre me ha impactado de Al Pacino: la sensación que daba de estar a punto de estallar en cualquier momento. Gritar o pegar. En Al Pacino siempre había algo visceral y salvaje, arisco y orgulloso, casi chulesco. Un aura de superviviente y de malhechor, mezclado con ciertos rasgos, atributos agresivos, feroces. Pero en la mayoría de sus papeles (salvo tal vez Scarface) se podía detectar también una vulnerabilidad bajo su carácter feroz que convertía a sus personajes en humanos. Había en ellos algo de angustia, algo de tristeza que a veces degeneraba en rabia y otras en desesperación.

Como los grandes, Pacino era capaz de dar miedo, imponer y mostrar carácter sin por ello esconder del todo ciertas heridas. De hecho, a veces parecía que era precisamente su acusada sensibilidad la que convertía sus interpretaciones en imprevisibles y sumamente violentas. En el caso de Al Pacino, poesía y guerra iban unidas.

Las actuaciones de Al Pacino en ocasiones rozaban el exceso. A veces estaba sobreactuado, pero, a decir verdad, el actor casi siempre se deslizaba por el límite de la caricatura sin llegar a caer en ella, porque a menudo tocaba algún nervio auténtico y real de sus personajes. Pacino podía gritar como un poseso o llorar como un desesperado sin perder su anclaje con la realidad, la vida cotidiana.

En muchas ocasiones, me pregunté de dónde podían proceder esa fiereza y esa sensibilidad. Esa mirada profunda y dura de un alma que parecía siempre al borde del abismo. Capaz de enamorar por su chulería pero también de desarmarse en sollozos en situaciones límite, así como de conquistar con una mirada desnuda, sorda.

La respuesta fácil, claro, consistiría en citar su formación en el Actor’s Studio, sus clases con Lee Strasberg o Charles Laughton. Pacino siempre fue considerado un actor de método, alguien que se introducía hasta el fondo de la piel en sus personajes, los encarnaba, los vivía y respiraba como ellos. Pero, obviamente, sospechaba que debía haber algo más. Había demasiada simbiosis con ellos como para pensar que esa alquimia se debía tan sólo a una técnica o el talento; por muy buen actor que Al fuera.

Ese algo más se encuentra definitivamente en su propia vida.

Si me ha gustado la biografía de Pacino es porque me permite entender esa faceta de su trabajo. Como casi siempre, en la infancia, encontramos muchos de los secretos, traumas y valores vitales de los seres humanos. Pacino, por ejemplo, fue un niño educado en el Bronx cuyo destino más lógico hubiera sido morir en las calles a causa de las drogas o de cualquier violenta reyerta. Casi todos sus amigos sufrieron esa suerte: «La mayoría de mis amigos crecieron conmigo en el Bronx… Éramos una pandilla pequeña, nada fuera de lo normal. Cliffy, Bruce, Petey… Pasábamos el tiempo juntos, siempre en la calle. Cada uno terminó de manera muy diferente, pero la mayoría de ellos no pudo escapar».

Pacino cierra, de hecho, su libro rememorando algunas de sus andanzas por calles sucias con amigos que no llegaron a la madurez, muertos muy jóvenes, enganchados a la heroína, al alcohol, a cualquier sustancia que les diera una motivación que no encontraban en el barrio donde habían nacido: «Recuerdo a Bruce: tan brillante, tan simpático… Me enteré años después de que se perdió por completo, arrastrado por las drogas. Ninguno de nosotros pensó que sería él… Pero terminó igual que los otros. (…) «Algunos días vuelven todos los recuerdos, y me duele pensar en aquellos chicos. Sentimos que el mundo era nuestro, y ahora yo sigo aquí y ellos ya no. Se los llevó la heroína, el alcohol… la vida dura del Bronx. No hay respuestas».

Una rememoración que, en gran medida, ya había realizado delante de millones de personas cuando ganó su Oscar por Esencia de mujer: el discurso de Pacino aquella noche fue, sobre todo, para sus compañeros del Bronx, esos chicos perdidos, desorientados en medio del caos con los que callejeó sin rumbo durante decenas de tardes durante su infancia.

A diferencia de estos muchachos, Pacino tuvo un ángel en su vida. Ese ángel fue Rose, su madre. Pacino acompañaba a sus amigos a hacer fechorías, claro que sí, pero tenía un límite, una hora a la que regresar. Antes o después, su madre lo obligaba a volver al hogar y lo reprendía con cierta dureza si no le hacía caso. Al fin y al cabo, era su único hijo. Su niño mimado y su única esperanza.

Aquella mujer era, desde luego, cualquier cosa menos plana. No vivía una existencia de ensueño, sino que era protagonista de su propio drama. Aunque estaba apegada a sus padres, era bastante solitaria y triste. Su amabilidad no podía ocultar el sufrimiento que llevaba dentro. Tal vez no había terminado de aceptar el divorcio con el padre de Al ni sus posteriores fracasos con los hombres que se le acercaron. Algo que le hacía refugiarse tanto en el alcohol, como en el cine.

Fue precisamente en esas salas, donde su madre buscaba evadirse de su dolor y de la amargura (recuperando por momentos la sonrisa) que Pacino comenzó a enamorarse del cine. En gran medida, aquellos lugares poblados de espectadores atentos a una gran pantalla fueron una especie de útero en el que Pacino podía olvidar los problemas que había en su hogar, apartarse de la violencia callejera, aprender y soñar. ¡Todo en uno!

Su madre, queda claro, no fue únicamente manto protector. También fue símbolo trágico. Cuando era pequeño, Al vio cómo la sacaban en camilla después de un intento de suicidio. Asimismo, el actor siempre se preguntó si su muerte se debió a un accidente o si ella misma se la infringió. Poco antes, Rose había sufrido una ruptura amorosa delicada y había tenido un sueño trágico sobre el futuro de Pacino. Así que perfectamente podía haber decidido irse. Una pregunta inmisericorde que se vislumbra, a veces se adivina en la desnudez y fragilidad de cada mirada de Pacino. Esa mirada desorientada, un poco confusa, que de tanto en tanto aparece en sus interpretaciones. 

Por si fuera poco,  su padre, Salvatore, fue un padre ausente, no estaba involucrado con su crianza. Ambos se veían de tanto en tanto, pero había más distancia e incomodidad que verdadera complicidad. Así que, en gran medida, Pacino creció sin un vínculo autoritario claro. Tuvo que aprender los ritos de masculinidad junto a sus asilvestrados y conflictivos amigos y a defenderse en la vida solo, sin más ayudas que las de los colegas artistas que iba encontrando por allí y por allá. 

No obstante, sería injusto no mencionar entre los brazos benefactores a sus abuelos maternos, James y Kati, procedentes de la Italia del sur, en cuya casa pasó largas temporadas tras el divorcio de sus padres. Su vínculo con ellos fue mucho más satisfactorio e importante que con sus abuelos paternos, a pesar de que las raíces sicilianas de estos últimos tuvieron también su trascendencia simbólica. Le sirvieron, por ejemplo, para encarnar con mayor realismo y autenticidad el papel que lo consagró para siempre: Michael Corleone. Tal vez incluso para comprender que aquel personaje no era un regalo fortuito del azar sino que estaba indisolublemente unido a su destino desde que nació. 

Parece claro, en cualquier caso, que es esa orfandad, esa infancia llena de sobresaltos sin un rumbo muy claro, la que explica lo bien que Pacino encajó en muchos de los papeles que interpretó en los 70.

Pacino nunca tuvo un colchón económico, su Universidad fue la calle y estaba acostumbrado a realizar todo tipo de trabajos alimenticios para sobrevivir. Mientras participaba en obras de teatro (o se postulaba para participar en ellas), fue portero de edificios, camarero y ayudante de bar, repartidor, dependiente en una librería, empleado de almacén, acomodador de cine e incluso limpiador y pintor ocasional. A veces no tenía suficiente dinero para pagar el alquiler y tenía que dormir en casa de amigos. Incluso llegó a hacerlo en la calle. 

Pacino sabía lo que era pasarlo mal, realmente mal, y por eso interpretó de manera tan natural, sin estridencias, con una naturalidad ejemplar aquellos papeles que lo convirtieron en un icono en los 70: Bobby, el joven heroinómano de Pánico en Needle Park, el rebelde Serpico, el vagabundo de Scarecrow o el desesperado asaltante de bancos de Tarde de perros. De hecho, precisamente el que más le costó interpretar fue el que lo hizo célebre: el de Michael Corleone. Alguien sofisticado y que no ha sufrido carestía en su vida, que en las primeras escenas aparecía en pantalla de un modo agradable, incluso amable.

En suma, los primeros años de la vida de Pacino parecen extraídos de una novela de Dickens. Aunque hay tanto vacío, dolor y miseria a su alrededor, hay tanta locura y caos, que por supuesto también podrían aparecer en una de esas obras de Shakespeare donde el ruido y la cólera se imponen a cualquier racionalidad; una de esas tragedias en las que las muertes se suceden continuamente y no existe sentido alguno en los actos violentos que emergen por aquí y por allá.

En su biografía, Pacino se presenta a sí mismo como una especie de sabio que intenta encontrar una fe, un sentido a su vida, sin poder hacerlo, porque para lograrlo tendría en cierto modo que traicionarse. Peor aún, sería traicionar la memoria de todas aquellas personas desaparecidas antes de tiempo con las que compartió experiencias muy intensas antes (y después) de ser devorado por las fauces de la fama.

Ahí creo que radica gran parte del valor de su arte. La capacidad de Pacino de reflexionar sobre la tragedia y el destino conforme la encarna y la pone en marcha.

Eso es lo que lo hizo alguien diferente. Brando llenaba la pantalla con su presencia. Brando aparecía en Un tranvia llamado deseo y no existía más que Brando. Con Pacino no ocurre eso. La pantalla es siempre mucho más grande que Pacino. Alguien con una estatura discreta que sin embargo, gracias a lo que era capaz de transmitir y hacer sentir, finalmente también terminaba por llenar la pantalla. En este caso, con un grito, un gesto de desorientación o una mirada de asco. Shalam

للعصفور عشه، وللعنكبوت شبكته، وللإنسان صداقة.

El pájaro tiene su nido, la araña su tela, el hombre la amistad

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…miro lejos…estoy sudando cabeza poderosa……
    2imagen…cualquiera sabe aunque me persiguen desaparecere en el proximo callejon (mira arriba)…jajajjj
    3imagen….mirame aghhhhhhhhh…la caida….
    4imagen…downtown (abajo en la ciudad)….el grito….
    5imagen….la desafiante mirada de rose(mama de al)…..
    6imagen….status quo (in the army now)..baño de hormigas….
    7imagen….no hombre no eso que ya me lo se….
    PD…petula clark…downtown…a bowie le hubiera gustado..
    https://www.youtube.com/watch?v=-mZmEvRDge0&list=RD-mZmEvRDge0&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Podría ser una postal para enamorados. San Valentín. 2) Soy Barrabás para la policía norteamericana. Sálvame Dios. 3) Esto no es sexo. Esto es amor. Amor por las drogas y por ti. 4) Esfinge griega. Filósofo. La nueva Atenas. 5) El señor de la izquierda, supongo el abuelo calabrés, podría aparecer en una de terror expresionista. 6) He conseguidio que el mundo no se acabe en mí. Mi culto prosigue con mi nuevo seguidor. 7) soy un siciliano perdido en la puta Norteamérica. ¿Qué hago? ¿Robar? PD: Buenísimo. Sí le hubiera gustado a Bowie. Muy Let’s dance.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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