El hombre delgado
Giacometti esculpía como si el mundo contemporáneo fuera Auschwitz. Como si Occidente entero fuera un campo de concentración. A Giacometti, los...
Las performances, actuaciones, fotografías que formaban parte de Prostitution no han sido tan comentadas como el urinario de Duchamp. No ocupan un lugar tan destacado en la historia del arte. Ya sea por incapacidad o genialidad, el visionario francés demostró que el arte era una pantomina. Mera reproducción. Y que había perdido su «aura» especial y sentido tradicional en la era industrial. Su urinario destrozó los cánones y reveló, mucho antes de que lo hicieran las performances, que el arte moderno surgía de la impotencia porque básicamente ya era únicamente negocio o sostén del orden político predominante.
Tal vez no fuera Prostitution la primera meada echada por los pobres, desheredados y excluidos en los circuitos de arte elitista, pero sí fue una muy notable, amplia y alargada. De esas que dejan un charco en el suelo donde los perros pueden beber. Al fin y al cabo, no fue una búsqueda de respeto. No fue una pedida de mano. Fue directamente, un sabotaje. Y obviamente, la exhibición fue un escándalo social. No tanto por lo mostrado sino -repito- porque hasta entonces, era prácticamente impensable acciones de este tipo a pesar de la susodicha libertad del mundo artístico.
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