Un amor supremo
Dejo a continuación un nuevo videoavería dedicado en esta ocasión a un disco que podría ser definido, en cierto sentido, como el "cántico...
Probablemente por estos motivos no puedo evitar sorprenderme ante una paradoja como la siguiente: el que muchos de los que amaron, respetaron o siguieron de cerca o de lejos la evolución de este movedizo grupo musical, piensen —no sé bien por qué extrañas razones— que no hace faltar añadir mucho más de lo que ya se ha dicho sobre el mismo cuando, en realidad, bajo mi punto de vista apenas se ha incidido nada en su verdadera relevancia musical, poética. O no lo suficiente, puesto que nos estamos refiriendo a un conjunto que compuso algunas de las más inteligentes poesías sonoras de la lírica española en las últimas décadas; una banda magnética, elegante, vibrante, que consiguió que la literatura se hiciera música y la música literatura en un mestizaje sonoro grácil, bello, hermoso y equilibrado con tintes románticos sin por ello dejar de ser radicalmente contemporáneo.
Jugando con las reglas de la new wave, el post-pop neoyorquino y el punk, Radio Futura quisieron construir un disco moderno, pegadizo y nihilista en el que se escuchase el latido de Rimbaud y el sonido de las pistas de baile en combinación con luminosas melodías juveniles propias del incipiente pop español de la época. La obra, por tanto, estaba destinada a cómplices, a un público juvenil deseoso de divertirse inteligentemente, a las nuevas generaciones de españoles que comenzaban a experimentar las libertades en la democracia. Y para ello, intentaban mezclar ironía con inocencia, candidez e ingenuidad adolescentes con poses de madurez y experimentación. Sin embargo, nada o muy poco de lo que pretendieron allí se podía escuchar en el disco. Y no contenta con ello, la compañía intentó encasillarles, cortándoles cualquier atisbo de creatividad, lo que provocó todo tipo de fricciones del grupo con su entorno pero también entre sus componentes. Y precipitó más tarde, seguramente, la salida de varios de sus miembros como Molero —compositor de siete de los temas de Música moderna—, quien deseaba que la propuesta del conjunto se orientara hacia la más exigente modernidad —Krafktwerk, Talking Heads— y, al contrario que los hermanos Auserón, no deseaba experimentar con ritmos latinos.
De todas formas, como dije, el estilo musical de Radio Futura no llegó a cuajar hasta que compusieron ‘La estatua del jardín botánico’, una electrizante canción que no resultaría extraño que alguien comparase en el futuro con ‘Heroes’ de Bowie. Al fin y al cabo, el productor de la legendaria canción del músico inglés era Brian Eno: el autor del disco Another Green World, que escuchaba Santiago Auserón cuando comenzó a componer los primeros compases de un tema que puso inmediatamente al pop español en el siglo XXI. Un tema en el que cada compás tiene un aire clásico y cada verso rezuma magnetismo. Una auténtica poesía espacial y simbolista en la que se mezclan pasajes y atmósferas que recuerdan a Baudelaire y Bowie con una letra que hubiera podido firmar el Saint-Exupéry de El principito. Una sinfonía sideral que nos sugiere la posibilidad de bailar gracias a una batería que, levitando, acompaña los sonidos marcianos de lo que podría ser definido también como una copla futurista, o mismamente, como un pasodoble venusiano. Una composición compuesta de todo tipo de imágenes cristalinas, etéreas, flotantes y, en esencia, desconcertantes, cuyo principal objetivo pareciera ser el de hacernos gravitar. Flotar en el aire, como si fuéramos Icaro, una mónada de Leibniz, una medusa, o un tigre, fascinados ante una melodía que parecí proceder de algún lugar distante del futuro y obligaba a que el presente se modificara ante su paso.
Todo lo que serían más tarde Radio Futura ya estaba allí. En ‘La estatua del jardín botánico’. Una canción instantánea y fugaz que, extrañamente, sabía a clásico, a fugaz eternidad. Y obligaba a tomar en serio a la música española y a un grupo que, posteriormente, con La ley del desierto, la ley del mar (1984) y De un país en llamas (1985), entregaría algunas de las más granadas joyas de la música moderna, a la que llevaría de viaje por territorios insólitos y desconocidos: desérticos, marinos, fronterizos, a través de composiciones “abiertas”, extemporáneas, difusas y tremendamente dúctiles que muy pocos supieron comprender en su momento. Porque la apuesta de Radio Futura era muy ambiciosa. Tenía el deseo no sólo de renovar, sino de perdurar. Y estaba construida a través de un bagaje filosófico extenso, líquido y sólido a la vez, y atrevido, como se entiende mejor, sabiendo que el gran referente de Santiago Auserón era Gilles Deleuze: el filósofo de las máscaras cambiantes, la renovación vital, las explicaciones metafóricas y los nombres imposibles. Un hombre que hacía de la filosofía, literatura; de la literatura, arqueología; y de la arqueología, arquitectura. Y era capaz de transformar todo el legado cultural occidental a su antojo en pos de su objetivo: intentar construir una nueva ciudad. Un futuro mundo utópico, sagrado, lejano, cercano, mítico, y misterioso, que algún día sería realidad, como esas canciones que Radio Futura interpretaban en los dos discos arriba mencionados. Trallazos sonoros que parecían interpretados por músicos procedentes del reino de Lemuria, Ñu o de La Atlántida. Músicos que no tenían miedo a mezclarse con todo tipo de tribus urbanas redefiniendo el concepto de fiesta en conciertos que eran verdaderas conferencias o tratados sobre cómo sobrevivir en el futuro mundo globalizado. Y que por ello mismo, provocaban todo tipo de incomprensiones o situaciones paradójicas y, en parte, deleuzianas, pues gustaban a un público masivo que no comprendía los límites de su propuesta pero disfrutaba de sus melodías, sus letras atrevidas y la vitalidad de sus canciones. Y, al contrario, provocaban rechazo o, más bien, indiferencia en muchos de los que, de haberles dado una oportunidad o tener, a mediados de los años ochenta, la formación y la lucidez necesarias, hubieran quedado rendidos ante odas musicales que eran absolutamente inclasificables.
‘Escuela de calor’, ‘Semilla negra’, ‘Han caído los dos’, ‘No tocarte’, ‘El nadador’, ‘La secta del mar’, ‘El tonto Simón’. ¿Hace falta añadir algo más? Cualquier país con un mínimo de cultura musical tendría en un altar a los compositores de estas gemas; a un grupo que navegaba siempre entre varios ámbitos y lenguajes para poder construir el suyo propio; y no se dejaba manejar por el orden o el desorden, pues parecía encontrarse a su antojo en el caos controlado. Ese lugar difícil de definir que se encuentra a medio camino del museo y la calle, la autopista y el bosque, el individuo y el grupo, la masa y la minoría, la democracia y el fascismo o el clasicismo y la experimentación.

Pero eso es otra historia. «Marcada por el signo de los tiempos», que diría Prince. El cual también acabó afectando a varios de los componentes del grupo madrileño como Luis Auserón, quien por ejemplo, durante las dos décadas siguientes a la separación de Radio Futura, no pudo llegar a definir un estilo propio y personal a partir del cual crecer artísticamente con la solidez necesaria —véanse Klub y algunos de sus discos en solitario—, tal vez por perderse dentro del mundo de espejos postmodernos disueltos que ha sido la España reciente, donde apenas ha quedado más espacio que “el indie” o los domesticados y encauzados “punk” y “heavy metal” para la disidencia. O el mismo Enrique Sierra, quien, aunque nunca terminó de eclosionar del todo en solitario, antes de morir fue capaz de crear junto a Pilar Román ese mágico disco de versiones de canciones infantiles llamado Colúmpiate, la página web —actualmente no operativa— www.127.es y tuvo tiempo en los 90 de sacar su vena más punk en ese proyecto autorreferencial (Kaka de Luxe) que fue su aventura con Los Ventiladores.
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