Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En cuanto aterricé en el aeropuerto de Cartagena de Indias respiré aire puro. Me sentí vivo de nuevo. Pronto, comprendí que la pasión no se había extinguido sino que se encontraba sepultada junto a mi computadora y mis textos leídos en Universidades y Congresos que cada vez me interesaban menos. Cada vez consideraba más rancios y alejados de la verdadera vida. No hacía mucho había leído una ponencia en una Universidad norteamericana y, a la mitad, me había quedado mirando al público consciente de estar soltando un discurso insufrible. De ser un funcionario letal. ¿Acaso no se daban cuenta de que era yo un impostor? No obstante, cuando llegué a Cali, yo ya era otro. Sonreía sin cesar. Caminaba con fuerza y llevaba más de 20 días recorriendo distintos parajes de Colombia y unas cuantas experiencias satisfactorias en mi mochila. Aun así, faltaba la definitiva. La verdaderamente trascendental. La que ordenaría y daría sentido a aquella ruta. Tras dos días visitando la ciudad, salí junto al sanador en taxi en dirección a una mansión situada sobre una colina en la que nos aguardaba el chamán. Había estado ayunando durante un día y, al llegar al bucólico lugar, medité serenamente hasta que anocheció y me dispuse a entrar en el pequeño círculo de personas que rodeaba al brujo. Antes, eso sí, fumé un cigarrillo, me sentí sucio y pedí por favor a la ayahuasca que me explicara el porqué de mi insatisfacción.
Tras degustar lentamente el brebaje preparado por el chamán, me acerqué al fuego, me senté sobre una roca y allí estuve durante dos o tres horas observando visiones y escuchando voces y mensajes que me advertían acerca de diversos aspectos de mi vida que había descuidado o a los que no había prestado atención.
Desde aquel día, abandoné para siempre el hábito. Aunque lo más importante no es este hecho sino un cúmulo de esas casualidades que Carl Jung denomina sincronicidades.
Años antes, había estado intentando dejar fumar con una masajista de Entrerríos que residía en Buenos Aires. Aquella señora de unos sesenta años me hacía respirar incontinentemente mientras posaba sus manos en mis pulmones o distintas partes de mi cuerpo. Aquella profesional que de vez en cuando se ponía a entonar canciones de Concha Piquer logró que pasara de fumar más de veinte cigarrillos diarios a no más de seis o siete. Recuerdo que afirmaba que yo fumaba para huir de la tristeza. Para no encontrarme con ella de frente. Evadir las verdaderas preocupaciones de mi corazón. Y que era capaz con sólo tocarme de decirme si había estado el día anterior haciendo deporte o acompañado por alguien. No concluí la terapia porque mi billete de avión se cancelaba y debía regresar a España. Pero desde entonces visualicé mi tendencia a fumar bajo la forma de un monstruo negro que sólo conseguí exterminar años después, cuando arrojé las oscuras sandalias al fuego. Antes de partir hacia mi albergue en Cali le di las gracias al chamán y le expresé el respeto que sentía por la ayahuasca. Y este, me miró socarronamente y me dijo «lo que tú no sabes es que la planta ya sabe eso. Si tú no le guardaras respeto, muy diferente habría sido tu experiencia. Aquí viene gente de todas partes sin fe y no reciben más que decepciones. La ceremonia no es más que un espejo». Shalam
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