La tormenta
Beethoven fue un hombre torturado. Un águila orgulloso que volaba a través de la niebla con maestría. Algo que se puede percibir en su música. Todas...
Krzystof Penderecki es la vertiente oscura de la maldad. Una aguja punzante clavada en las composiciones de Bernard Hermann. El fin después del fin. El atardecer en el que el expresionismo se juntó con el serialismo y la música atonal (o experimental). Pensamientos de personajes retratados por Egon Schiele, Roman Polanski y Andrzej Zulawski convertidos en notas musicales. Una visceral ruta por la esquizofrenia. Y una advertencia de la condena que pesa sobre Occidente. De que su decadencia y ocaso no es un augurio lejano sino muy cercano y que esa es precisamente la razón de ser de su tormentoso devenir: que el anuncio de su fin es siempre promesa y siempre inminente, absolutamente inminente, pero nunca termina de ocurrir.
Krzystof Penderecki le dice no sin nostalgia a Richard Wagner que ha de callar o más bien, que su discurso y mensaje es ya ininteligible. A Bela Bartok y a Dimitri Shostakovich que debieron de ser aún más extremos. Y a los románticos que, aún agradeciendo y valorando su entusiasmo, su euforia y rabia están fuera de lugar. Sin embargo, tiende una mano abierta hacia Arnold Schoenberg y Olivier Messiaen porque entiendo que, como ellos, intuye que hoy en día, únicamente es posible imponer la alegría desde la destrucción; penetrando en los agujeros negros.
Escuchar a Krzystof Penderecki supone adentrarse en un cielo extraño sobre el que aún no se han creado las palabras justas para definirlo. Un mundo del que han desaparecido satélites y estrellas. Y también supone familiarizarse con la voluntad de exterminio del poder. Pero hacerlo tanto en situaciones extremas -Hiroshima- como en confortables -el mundo del consumo-. Territorios a punto siempre de quebrarse, fracturarse. En cierto sentido, sus composiciones le ponen voz a Yahvé y a cualquier discurso o monólogo proferido por un personaje de Thomas Bernhard. Penetran en los crujidos psíquicos del capitalismo. Los manicomios y la bolsa. Las entrañas de las bombas y las metralletas. Y en sus fracturas mentales.
0 comentarios