Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Artémiev preparó su colaboración con Tarkovsky con un mimo inusual y los resultados fueron ciertamente grandiosos. Reinventó composiciones clásicas como es el caso del Preludio Coral en Fa Menor de Johann Sebatian Bach. Transformó instrumentos tradicionales en anclas espaciales con las que poder orientarse durante su viaje por territorios desconocidos, misteriosos. Supo mezclar con un equilibrio sobrehumano sonidos ralos e inquietantes que remitían a catástrofes con otros que apuntaban a un renacer religioso. Y combinó extractos de alucinantes coros que parecían proceder del más allá con todo tipo de resonancias futuristas cargadas de fuego semejantes a visiones o cantos telúricos. Logrando lo que pocos creadores han conseguido: convertir la música electrónica en una catedral inmaterial. Fusionar la música bizantina, las composiciones clásicas eclesiásticas con efectos sonoros parecidos a loops y samplers para lograr trasmitir los retortijones del alma humana al contactar con el Absoluto. Conseguir colocar una pica en medio de los universos espirituales, las venas divinas y las estrías del corazón humano y aprehender musicalmente los misterios de la bondad. De ese amor totalitario con el que fue creado el mundo y que riega continuamente los cielos, campos y océanos.
No sé si es exacto afirmar que estos tres trabajos de Artémiev son bandas sonoras. Yo más bien, creo que son ofrendas. Incursiones metafísicas. Tapices religiosos. Versículos de una Biblia desconocida y aún por escribir. Interrogaciones sobre la naturaleza de Dios. Pensamientos religiosos, emanaciones filosóficas y reflexiones similares a besos que van surcando el espacio a su propio ritmo.
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