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Algunos recuerdos (1)

Mar 13, 2026 | 2 Comentarios

No suelo hacer muchos recuentos personales en Averíadepollos. Es cierto que, de un tiempo a esta parte, el blog se ha convertido en una especie de diario de viajes, concretamente del Camino de Santiago realizado el pasado verano, una experiencia maravillosa. Pero cualquier lector habitual de Avería sabe que esta no es la tónica habitual.

Avería es imprevisible, incluso para mí; aunque, por lo general, aquí aparecen actores, filmes, libros, artistas en general, también deportistas, y raramente recuentos biográficos. Mi vida, al fin y al cabo, es una más. No tiene demasiada importancia ni se distingue demasiado de la mayoría. Busco paz, a veces amor, lucho por morir tranquilo y muchas veces fracaso en esos intentos. En fin, a veces basta con hacer lo que uno puede. Exigirse demasiado es condenarse a la neurosis, a un viaje sin retorno.

Viene todo esto a cuento porque, aunque sea brevemente, me gustaría hacer recuento de algunos de los momentos artísticos (o no) que más he disfrutado desde que, a primeros de octubre, regresé a La Manga. Son unos cuantos, así que dividiré esta serie de averías en varias partes. De momento, la primera. ¡Ahí voy!

Algunos recuerdos (1)

Gustará más o menos, a veces habrá más inspiración y otras menos, pero todo lo que tiene que ver con Alfonso Schwartz, Susana López (o Drone), Lonja Negra y sus oscuros y viciosos satélites continúa teniendo interés. Todos sus proyectos están vivos, respiran riesgo, no buscan la comodidad. A veces, ya lo dije, pueden alcanzar mayores o menores cotas y cumbres, pero es inevitable que cualquier persona inquieta, viva, despierta, se sienta concernida por la profundidad de lo que estos kamikazes ofrecen.

Hoy en día, en que la mediocridad se impone, la hipocresía reina y arte, instituciones políticas y comodidad son palabras sinónimas, es casi un milagro—también una especie de maravilloso suicidio—que haya aún personas que apuesten por la creatividad, la locura, la demolición de todos los oráculos.

A mediados de octubre, por ejemplo, fui a ver la breve e intensa puesta en escena que Espiricom ofreció en Murcia a raíz de la clausura del festival de cine IBAFF, y aluciné. El concierto, como ellos mismos anunciaban, fue una llama negra, un labio rojo destruido por la carcoma y la furia.

El ritual, denominado Flamma Nigra, fue una invocación a los malignos que logró transformar el cine en un negro huracán, gracias a la dureza casi monolítica de unas composiciones parecidas a hachazos violentos, llenas de ira y mala uva. Probablemente, las canciones más esquivas, directas y a la vez terroríficas que ha grabado hasta ahora Espiricom. Una especie de delirio chamánico, martirio psicodélico, que en esta ocasión no invocaba tanto a ritos tribales y primitivos, a clubs de vanguardia y bailes de las cavernas, sino a los demonios y a los grotescos infiernos, a torturas y gritos de espanto.

Las proyecciones realizadas por Susana López incidían precisamente en esto. Más allá de las obras de Goya y de las referencias cinematográficas a clásicos del satanismo y el terror, todo apuntaba a masacres colectivas, infanticidios, guerras, el arte destructivo de cada día. Bombas, bestias salvajes y páginas carbonizadas con los ditirambos rocosos de Aleister Crowley.

En fin. La misa negra apenas duró 30 minutos. No hicieron falta más para que la sala, como reza una de las canciones del nuevo disco de Espiricom, se tiñera de ácido rojo sangre y vislumbráramos a un ciervo corriendo, perseguido por traicioneros condes en un bosque muerto.

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Precisamente Susana López, la autora de los impresionantes visuales del concierto de Espiricom, ofreció un concierto el pasado febrero en el Teatro Bernal (El Palmar, Murcia), al que también asistí. En esta ocasión, presentaba un nuevo disco, Materia vibrante, basado en el ensayo de Jane Bennett de homónimo título. Un libro en el que la escritora norteamericana desmonta la idea de la materia como algo inerte y propone una mirada a los objetos como entes con su propia vitalidad y capacidad de acción.

Una sugerente tesis que me interesa más por las reflexiones (u obras artísticas) que puede suscitar—como es el caso del LP de Susana—que por ella misma.

Resulta realmente difícil escribir sobre una experiencia tan intensa como un concierto de ambient o drone. ¿Cómo hablar de un disco lleno de loops expansivos y melancólicos? Seré sincero: muchas veces creo que los únicos que pueden hablar con cierta propiedad sobre este tipo de obras son los propios músicos. Son ellos quienes conocen bien la técnica y las intenciones, los que saben los detalles y entienden los porqués de una u otra textura. Por eso, cuando asisto a un concierto de este tipo, suelo cerrar los ojos y dejarme llevar por la reflexión. La música en este caso es acompañante de mi viaje cerebral, no tanto la protagonista, aunque sin ella no podría desplazarme a otros mundos. Es algo parecido a la función que cumple la droga en un viaje psicodélico: la música es como el abrazo materno, el trauma y el cariño. El resto depende de mí, de nosotros.

El concierto de Susana fue corto, pero, desde luego, fue un buen viaje. Los audiovisuales mostraban células, protoformas, materias, bacterias (¿qué sé yo?) que hacían pensar en la vitalidad de las plantas, de la materia, del hierro, de la madera. Mientras tanto, la música se elevaba como una espectral sintonía que me invitaba, constantemente, a reflexionar sobre el futuro.

¿En qué hemos convertido nuestro futuro? Este tipo de viajes son, en cierto sentido, retrospectivos: nos transforman en fetos, pero también amplifican el presente.

Se viaja al pasado para descubrir que somos mortales. El pasado nos enseña que todos morimos, que pasamos. Sin embargo, en el futuro siempre hay una sospecha, una promesa, una posibilidad de ser inmortales, de controlar la eternidad. Pensé, por ejemplo, en La máquina del tiempo, de H.G. Wells.

El drone no es la exaltación de la filosofía, sino su negación: es lo que queda cuando los libros se han destruido y el ritmo comienza a desvanecerse. No habla de nuestro presente, sino de lo que no podemos recuperar pero todos ansiamos tener. Por eso es, en el fondo, como un rayo. Un rayo que no se valora por su consistencia, sino por su capacidad de helar y destruir, de decir basta a todo. Un rayo que nos recuerda que seguimos siendo simios.

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Tanto los miembros de Espiricom como Susana se encuentran detrás de La Lonja Negra, una sala de espíritu lovecraftiano que perfectamente podría aparecer en Lost Highway. Y esto último no lo digo tanto por lo que ocurre dentro de la sala, sino por lo que se siente fuera cuando los conciertos comienzan. Alguna vez he caminado por el exterior, un descampado industrial cercano a un pueblo, y no he podido evitar acordarme de Eraserhead y de tantas otras obras de David Lynch.

Dicho esto, no he ido mucho últimamente a la Lonja Negra; solo en dos ocasiones. Más que nada, porque no quiero convertir mi presencia allí en una costumbre. Quiero ir sin saber lo que voy a encontrar. Nunca por rutina. Distanciarse de lo que a uno le atrae, a veces, es una virtud. Las dos veces, por supuesto, las disfruté.

En diciembre asistí a dos sesiones introspectivas: una de Telamante y otra de Miclono. Ambas, cada una a su manera, sugerentes. Dos viajes introspectivos, ruidistas, rítmicos, por territorios industriales. Dos sesiones desgarbadas, ariscas, llenas de riesgo, que invitaban a perderse en fronteras mentales, entre naves químicas y centros comerciales erigidos en homenaje al odio. Cuando yo tenía 20 años, me imaginaba que precisamente el futuro de la música techno sería este: un carnaval introspectivo de ruidos y locura en honor al caos de nuestra civilización.

De todas formas, la noche en la que realmente se me rompió la cabeza (luego tuve que hacer amplios esfuerzos por ajustarla) fue la del 15 de noviembre. Lamentablemente, me perdí al primer grupo, Pena Máxima; tenía un día raro y necesitaba caminar y charlar un poco antes de entrar a la sala. Una lástima, porque seguro que el concierto fue muy bueno.

En todo caso, tomarme mi tiempo me permitió concentrarme y disfrutar totalmente del grupo posterior, Boca Nariz. Una maravillosa bestialidad que mezclaba llamaradas de techno ambiental, texturas ruidistas y guitarras explosivas con ritmos esquizoides, casi como timbrazos o calambrazos. Una locura deliciosa que combinaban con una puesta en escena impactante: luces azules, destellos amarillentos, chalecos reflectantes y mallas blancas, en lo que supuso un canto épico a la anomalía y al aislamiento.

El concierto de Boca Nariz en Lonja Negra fue una bendita locura, el recital ideal para describir la esquizofrenia, la psicosis social en la que habitualmente vivimos. Todos los ritmos eran discontinuos, desvaídos, pero interpretados con suma convicción. Boca Nariz era una apisonadora, un tractor averiado que, a causa de su motor gripado, reflejaba con mayor intensidad las manchas y sombras de una época que invita a la destrucción total. Más que crear atmósferas, los sintetizadores atacaban, chillaban y la voz, más que entonar o acompañar, era un himno al desquicie, a la violación de la normalidad y del mundo cotidiano.

¡Bendita locura, bendita anorexia, benditas pastillas! La locura social ha llegado a tal grado actualmente que ya no merece la pena combatirla; merece que la celebremos imitándola. Boca Nariz lo hacen de maravilla. En realidad, más que tocar música, parecían estar follando: follando cerebros, almas, simulando las torturas consumistas. Eso fue lo mejor de un concierto sin concesiones, que invitaba al orgasmo en soledad o en compañía. ¡Ja! ¡Bendita locura, bendita anorexia, benditas pastillas!

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Dos de las personas que nos reciben habitualmente en Lonja Negra son David y Ana. David ha pinchado alguna que otra vez en la sala y Ana forma parte, junto a María José, de Kamer Twee, una banda que estoy deseando ver tocar. ¡Ya le llegará el momento!

Comento esto porque hace dos o tres fines de semana me acerqué a su casa en Bolnuevo. El viaje en bicicleta fue precioso. Si hay una zona ideal para probarse como escalador y disfrutar de paisajes marítimos, es la de La Azohía y Mazarrón.

En cualquier caso, si menciono esta excursión no es tanto por la ruta en bicicleta, sino por la cena. David y Ana me llevaron a cenar a una pizzería italiana de Bolnuevo, Madre Pizza, que me impresionó.

La pizzería está comandada por dos napolitanos, Marco y Magdalena, cuyo amor por la comida y las costumbres de su patria es tan auténtico y profundo que, por momentos, me hicieron sentir como si estuviera en Italia, en un auténtico restaurante calabrés. Según parece, aunque Marco ha recibido unas cuantas ofertas sustanciosas, se mantiene en Bolnuevo porque en este local, en concreto, pudo montar un horno en el que puede cocinar las pizzas a cuatrocientos grados durante dos o tres minutos, como mandan los cánones italianos. Si no lo hace así, prefiere no abrir ni servir un plato. ¡Genio y figura!

En un momento dado, Mario se acercó a nosotros y comenzó a hablarnos de tomates, de plantaciones de frutas procedentes del sur de Italia, y su discurso sonó tan apasionado y embriagador que creo que perdí la noción de dónde me encontraba. Parecerá una estupidez, pero uno de los momentos más artísticos, casi profundos y de una belleza difícil de definir que he vivido en estos últimos meses fue ese discurso de Mario sobre el arte de comer. Una conversación en la que no faltaron referencias al auténtico limoncello italiano, a la necesidad de recolectar alimentos en tierras compactas, dejándolos madurar, o la manera adecuada de rociar las lechugas, los pimientos, las carnes y los atunes, siempre con el aceite, ajo, perejil y vinagre precisos. Dándose tiempo, por supuesto, para degustarlos.

Todo esto, sí, en Bolnuevo, justo al lado de un mar marrón y sereno, con cierto aspecto risueño y peligroso, y de calas espigadas y recónditas; de una belleza salvaje casi surrealista, donde algunos jóvenes hacen nudismo, que podrían aparecer en un lienzo de Magritte o, mismamente, en La edad de oro o Un perro andaluz. Todo, en suma, de una fuerza tan descomunal, casi atávica, que invitaba al onirismo y a la plenitud ancestrales.

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El regreso a La Manga en bicicleta fue un sueño. El único problema fue la empinada subida a las cuestas del Cedacero. En un momento dado, creí que tendría que poner un pie en el asfalto y llevar durante un kilómetro o dos la bicicleta a pie, pero tiré de oficio, comencé a respirar profunda y lentamente, intenté abstraerme del dolor, dejé de mirar el reloj, me concentré en el pulso y, finalmente, me habitué a la dureza y pude disfrutar de una subida que es un auténtico sueño (y reto) para cualquier ciclista aficionado.

En cierto sentido, lo que hice fue aplicar la actitud del escritor: nadie (excepto Lautréamont) puede decirlo todo en una frase o un libro, pero sí puede decir algo en cada frase o libro. Se trata de resistir la tentación de rendirse, proseguir, disfrutar las palabras y las pedaladas. Se trata de disfrutar de los obstáculos para crear, convertirlos en resortes para que impere la creatividad y la rebeldía.

Dos meses atrás, por cierto, había subido también a Portman en bicicleta. Un ascenso con su dificultad, pero mucho menos duro que el que comienza en La Zohía. Llevaba mucho tiempo sin ir por aquella zona y me sedujeron tanto el paisaje como el ambiente de viejo puerto, de antigua zona minera, de desarraigo y decadencia, y al mismo tiempo, de libertad. Esa libertad que se esconde en las zonas ocultas y pobres, en los lugares que han sufrido tremendas transformaciones. En el caso concreto de Portman, a causa de la contaminación: el entierro de millones y millones de toneladas de residuos tóxicos en el mar durante el siglo XX.

Una sensación de desastre que aún se percibe cuando paseamos por allí, y tal vez exagero, pero en determinados momentos me hizo pensar en Chernóbil, en el ruido industrial, en Cthulhu. En la necesidad de hablar de estas tragedias sin nombrarlas, que es, al fin y al cabo, lo que hace la música industrial, esquizoide, viciosa: la Lonja Negra. Poner música al progresivo entierro del mundo antiguo y, a su vez, anticipar el comienzo del reino del espanto. El globalismo total, absoluto. ¡Satán! Shalam

من يتغذى على الرغبات المكبوتة، فإنه في النهاية يفسد.

El que se alimenta de deseos reprimidos finalmente se pudre

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…enseguida identifico el concepto de como se muestran (daft punk)….es su mochila….es mi maleta (duchamp-1900)
    2imagen….sopa de algas (transatlanticos hoteles galua)….
    3imagen….3 amigos anonimos paralelos…..
    4imagen….el salpicon de un guantazo renacentista (los complementarios)…..
    5imagen…capricho sonoro en febrero de 2026 (dentro del espumoso la revoltosa)….
    6imagen….susana lopez (drone)…another star….(todo sera realizado con sombras)…..
    7imagen….magnifico aquelarre (la importancia de llamarse cerdo)…..arriba el final de cobra verde w.herzog…1987…
    8imagen….a estos se les ha averiado el motor(suenan a demonios) jajajjj
    9imagen….pizza roma en la gran pancarta (ellos pondrian solo el negro de la aceituna perla)…
    10imagen…setas salpicadas (idolillos)….
    11imagen…pescando el pulpo de portman en pleno enero…..
    PD…la piedra cae en la pupila 1976 (portada),,,,a susana drone le pertenece este la-lala-la-la- lalala-lala…(another star)…elevada….
    https://www.youtube.com/watch?v=K9KKBvWTdMQ&list=RDK9KKBvWTdMQ&start_radio=1

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  2. Alejandro Hermosilla

    1) No todos los enmascarados tienen que ser Daft Punk. jajaj. También pueden ser Spider-man o la Avispa de los vengadores. 2) Un verso de Lautremont (las algas y el mar) en medio del horror y la vida. 3) The Cure, Faith. Michael Haneke, funny games. 4) Un pase de Demons en Murcia. Lamberto Bava. 5) Rupturas gélidas. Lenguaje de plantas y del acero. Ultracuerpos. 6) Manchester. 80s. Un trozo de un vídeo de The Charlatans. 7) Carnaval zulú. Posible portada de un disco de Animal Collective y de Os mutantes. 8) Estallido de angustia esquizo. 9) El horno al fondo marcando carácter. 10) Dos amantes se reclinan sobre estas rocas y gritan por Alá. Posible idea de Dalí. 11) Una secuencia inspirada en El arco iris de la gravedad de Thomas Pynchon. PD: maravilloso tema. Hace poco escuché que Stevie Wonder hizo algunos de los mejores temas y de los peores de la época. Este se encuentra entre los buenos.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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