Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Se podría sugerir, por tanto, que el público culto de hoy en día está a la espera. Abúlico, fatigado, en paréntesis. Aguardando, ¿qué? Nadie lo sabe. O tal vez, sí: el fin del posmodernismo. Algo que, obviamente, no sabemos cómo se producirá, teniendo en cuenta que vivimos en la sociedad del espectáculo y que la separación de lo virtual y lo real empieza a ser meramente anecdótica.
¿Por qué? Pues ni más ni menos que porque han perdido ya la capacidad de deformarnos la mirada que poseyeron en sus inicios. Sería algo así como contemplar durante toda una década una y otra vez La edad de oro de Buñuel. El film del cineasta aragonés acabaría perdiendo su toque asesino, aun manteniéndolo, poseyéndolo en esencia en su interior. Pero las chill-outs, las videocreaciones ya no emocionan, ya no hieren ninguna conciencia. Lejos de ello, creo que únicamente contribuyen a engrandecer el ego del creador e introducir a sus espectadores en una placenta vaporosa, (muy parecida a la provocada por los efectos de algunas drogas psicodélicas). Enjaulan al individuo en una especie de lecho acuífero, sustituto del abrazo y el destete materno contribuyendo a la evasión de la realidad incómoda sin permitir, en ningún caso, fomentar una reflexión ética sobre el ser humano y sus circunstancias actuales. Es decir, el arte se ha convertido en vía de escape. Símbolo de vacío y egoísmo. Cuando podría ser al revés. Cuando debería ser al revés.

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