Sueños fracturados
Dejo a continuación un nuevo videoavería dedicado en esta ocasión a un famosísimo y sutil filme de terror en el que apareció por primera vez un...
Realmente, incluso en sus peores momentos, Al Pacino siempre ha resultado creíble. Ha convertido una escena aparentemente banal en un terremoto y ha concedido elegancia y una suntuosidad luctuosa a momentos cotidianos sin aparente importancia. Consiguiendo abrir las compuertas de la tragedia con dos gritos y un leve movimiento de manos.
Obviamente, la Sagrada Familia de las interpretaciones de Al Pacino es su impresionante composición del Michael Corleone de El padrino. La riqueza de matices que aporta al elegante jefe de la Mafia desde la inocencia e ilusión originales hasta su cinismo, crueldad y trágico dolor al final de la saga, han sido tantas veces destacados que no creo que merezca la pena volver a citarlos. Aunque sí me gustaría precisar que sin la profundidad y, sobre todo, la humanidad que aporta Al Pacino, el personaje resultaría mucho menos creíble. Pues lo más sencillo -y en manos de otro actor con menos talento podría haber sucedido perfectamente- hubiera sido mostrar al mafioso como un monstruo. Alguien taimado, vil y ambicioso sin posibilidad de redención. Y, muy al contrario, Pacino compone un carácter repleto de claroscuros dejando entrever, más allá de sus ingentes zonas tenebrosas, los aspectos luminosos de su ser. Y, sobre todo, sus contradicciones. Corporizando un personaje que hubiera hecho las delicias de William Shakespeare. Un dramaturgo con el que Al Pacino se ha simbiotizado perfectamente al final de su carrera en busca de las raíces de la violencia moderna y los fantasmas trágicos del mundo actual que tanto su rostro como su cuerpo reflejan a la perfección. Ya que basta con verlo moverse, callejear -sin necesidad de leer ensayo alguno- para comprender intuitivamente el drama de Caín, los exiliados y la contradictoria naturaleza del ser humano así como las injusticias que hacen estallar antes o después los robos, asesinatos y guerras de pandillas o la rapacidad del poder. Algunos de los temas shakesperianos por excelencia. Shalam
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