Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En realidad, creo que esto ocurre porque su arte (sobre todo, desde Twin Peaks) tiene la intención, la secreta ambición de explorar la tercera o cuarta dimensión. Es una inmersión por los agujeros abisales de la conciencia y los laberintos mentales. Un viaje a través de nebulosas en medio del que aparecen reflejos de vidas pasadas, sueños, trasvases temporales, y espacios paralelos entremezclados creativa, caleidoscópicamente por una mirada artística desatada que prefiere pecar por exceso que por contención. Y fuerza la fusión, combustión y engranaje de elementos discordantes allí donde el sentido racional y pautado del argumento narrado comienza a derrumbarse. Haciéndolo derivar en algo «diferente» a lo previamente estipulado.
Hace poco, he vuelto a revisitar la segunda temporada de Twin Peaks (de la primera no hablo pues es directamente una joya) al igual que su precuela, Fire walk with me, y he de reconocer -que a pesar de algunos errores a veces insufribles,- ambas me parecen, vistas hoy en día, un canto, una oda como pocas se han escrito jamás a las bondades del inconsciente. Son un canto pleno de magia y nocturnidad sobre la capacidad de contener, crear y transformar la realidad del cerebro humano. Órgano que es mostrado como una habitación conectada con todos los espacios y épocas, formas animales animadas e inanimadas, vivas y muertas. Contribuyendo a dar una visión del mundo disforme, dúctil, maleable, ensoñadora y peligrosa y, por ello mismo, fascinante, intrigante y temible. Pues al fin y al cabo, la libertad con la que procede Lynch es total. Casi radical. Tanto que permite explicar el pavor que gran parte de la sociedad siente a los artistas. La mayoría, condenados a vivir en una especie de agujero negro desde el que miran sin ser vistos y hablan sin ser escuchados. Algo que, por otro lado, tal vez sea sumamente positivo para que puedan extraer y sacar a la luz los fantasmas y muertos que habitan en su interior, devolviéndoles la vida en alguna de las dimensiones o mundos paralelos que nos rodean y que con tanto esmero, rigor y, en algún caso, ironía y pavor retrata el cineasta norteamericano en sus films. Shalam
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