Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Mickey Rourke apareció en el exacto momento en que Hollywood dejó de ser creíble. Pasó de ser una diabólica empresa comercial que aún respetaba a sus artesanos a convertirse en una de las pesadillas fílmicas de David Lynch, conforme digería el desastre financiero de La puerta del cielo. Llegó en el momento en que el cine negro se convirtió en thriller y el jazz de los bares nocturnos en world music pero aún quedaban ciertos resquicios dentro del sistema para el cine de autor.
Rourke, guste más o menos, es el rock. Porque es lo imprevisible. La imposible adaptación. El humo de varios cigarrillos invadiendo un hospital. La destrucción como referente artístico. Un corte de mangas eterno al mundo adulto realizado con impresionante talento. Es la viva imagen de la mugre del Star System. La manifestación más clara de que la honestidad es un suicidio. Y la verdad, una invitación en primera fila a contemplar un ahorcamiento. Es una de esas Harley-Davidson desgastada por el paso de los años arrumbada en un taller que, contra todo pronóstico, aún arranca. Y lo hace con un rugido incontrolable. Un piano roto que todavía cruje y se quiebra y antes de ser arrojado para siempre a la basura, suelta una nota incontrolable que obliga a quien la escucha a tener sexo. Follar en medio de ese cementerio de autómatas que es el mundo contemporáneo sin preguntarse el por qué ni el para qué. Shalam
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