Javier Corcobado: el bolero afilado
Que el arte salva vidas es una evidencia al menos para mí. No sé si yo estaría todavía en este planeta de no haber leído Crimen y castigo en el...
Cuenta la leyenda que cuando se le encargó la portada de Come on pilgrim, debido a la crudeza y la demoledora rabia que emergía del primer artefacto grabado por los monstruos norteamericanos, Vaughan no las tenía todas consigo. Pues no sabía cómo encajar la aridez, sordidez destructiva de esa música con el refulgente, minimalista, soñador y austero tono de las portadas que identificaban como sello a 4AD.
Larbalestier, por ejemplo, captó en imágenes lo marciano y extremo de su música consiguiendo hacerla más sugerente y sugestiva. Transformarla en un platillo volante rockero. Retratando además, conceptualmente, por medio de primeros planos de objetos y animales, los intestinos grasientos de la banda. La ferocidad de su propuesta que, en combinación con sus fotografías, se tornaba enigmática y coherente consigo misma. Misteriosa y visceral. Artística y grasienta a la vez. Una bomba de neutrones dispuesta a hacer estallar el mundo a base de berridos y guitarras cabreadas. En esencia, puro granito. El músculo de un superhéroe en plena tensión siendo contemplado a través de una radiografía. El barrio y la calle convertidos en un decorado de película de David Lynch.
Curiosamente, y a pesar de que su refulgente presencia inunda la fotografía al completo, Larbalentier no tenía anotado el nombre de esta mujer en su agenda y fue por azar que la exuberante modelo se presentó ante él en el momento exacto, asegurando ser la amiga de una amiga de una amiga. O algo parecido. Pero tanto él como Pixies se encontraban por aquellos años en estado de gracia y consiguió, sin excesivos problemas, concluir una obra de arte magnífica con la que comenzó a cerrar definitivamente el círculo estético de la banda norteamericana. Porque la portada de Surfer Rosa era puro Buñuel. Lo que había pacientemente conseguido El perro andaluz en el insconsciente anglosajón tras ser proyectado insistentemente en Institutos, Universidades y Escuelas de cine durante décadas. El espíritu de Extremadura, la Semana Santa y los teatros de corral madrileños colonizando el capitalismo entre los berridos inmisericordes de jóvenes cuya papilla y biberón habían sido los movimientos de pelvis de Elvis Presley y los acelerados ritmos del punk rock. Adultos aún con alma de niño que, entre concierto y concierto y giras interminables, de tanto en tanto disfrutaban diciendo en voz alta mientras bebían unas cervezas, aquello de: «¿Cóoomoo estás aaamigooooo? A mí gustaar muchoo paelllaaa». Shalam
0 comentarios