Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Para mí, repito, La naranja mecánica termina justamente cuando Alex es arrestado. Hasta ahí es insuperable. Es una obra que preludia el punk y anticipa el ocaso de la cultura pop. Techno maquinal. Un sutil e inteligente escupitajo a la era Woodstock. Es un enorme y fascinante fresco erótico y violento que dialoga majestuosamente con Sade y las teorías criminales de su época. Una cabalgata nihilista que sublima con tal destreza la violencia que por momentos, sí, repugna pero en otros, se hace sumamente atractiva. Pero insisto que a la obra le perjudica su aspecto moral o el debate sobre la naturaleza del bien y el mal que suscita. De hecho, me hubiera gustado contemplar 30 o 40 minutos más de actos salvajes, peleas o destrucción y que el filme hubiera terminado o bien con el arresto de Alex o bien con el alocado personaje libre y suelto realizando junto a sus drugos otro acto vandálico ante la indiferencia e impasibilidad de la fría sociedad moderna. El verdadero símbolo negativo de este intenso y megalomaníaco filme cuya escalofriante modernidad convirtió de golpe las imágenes de las revueltas del 68 en juegos de niños y los westerns en películas de vaqueros para zampahamburguesas. Shalam
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